¿Quién nos presentará la realidad?

septiembre 10, 2026 on 7:09 am | In cibercultura | No Comments

Adolfo García Yagüe | Acabo de leer el último artículo de Bill Gates sobre inteligencia artificial y me he quedado pensativo. No tanto por lo que dice Gates —aunque coincido bastante con su preocupación— sino porque me ha llevado de vuelta a dos textos que escribí hace muchos años. El primero, hace unos dieciséis años, cuando me preguntaba quién sería capaz de mover del papel de Gran Hermano a Google. Escribí entonces: «Es difícil imaginar quién moverá del trono a Google. En mi humilde opinión quizás sea algún anónimo Winston Smith que logre inventar una nueva forma de buscar en Internet empleando software de inteligencia artificial. Puestos a imaginar pienso en agentes personales que —manteniendo nuestro anonimato— hagan por nosotros el trabajo de búsqueda, análisis y consolidación de la información.» Lo releo ahora y me produce una sensación extraña. Aquello que entonces parecía una fantasía tecnológica ya no lo es. Los agentes de inteligencia artificial empiezan a hacer exactamente eso que imaginaba: buscar, leer, comparar, analizar, resumir y, cada vez más, actuar en nuestro nombre.

Pero hay algo que no imaginé entonces. No pensé demasiado en quién decidiría qué información debía buscar ese agente, qué debía considerar relevante, qué debía descartar y cómo debía presentarnos sus conclusiones. Y ahí aparece un segundo texto, todavía más antiguo en su inspiración: en él escribí sobre la cibercultura recordando consignas paradigmáticas como «El medio es el mensaje» de Marshall McLuhan (1911-1980). A través de ella se afirmaba algo que hoy me parece extraordinariamente actual: los medios no son invisibles. La televisión no es una ventana al mundo. No muestra simplemente imágenes a los espectadores. La propia naturaleza del medio condiciona aquello que vemos, la forma en que lo vemos y, en último término, la manera en que interpretamos la realidad. McLuhan nos invitaba a mirar no solamente el contenido que circulaba por un medio, sino el medio mismo. Quizá eso sea precisamente lo que deberíamos empezar a hacer con la inteligencia artificial. Porque la gran pregunta que se abre ahora no es solamente qué pueden hacer las máquinas. Es otra: ¿serán los agentes de inteligencia artificial quienes nos presenten la realidad?

Hasta ahora hemos vivido con una cierta ilusión de acceso directo. Queríamos saber algo y utilizábamos Google. Google nos ofrecía una lista de resultados. Nosotros elegíamos. Abríamos una página, leíamos, comparábamos con otra y, al menos en teoría, construíamos nuestro propio criterio. Era ya un filtro, naturalmente. El algoritmo decidía qué aparecía primero y qué quedaba perdido en la página diez. Pero todavía existía una cierta distancia entre el buscador y nosotros. Podíamos mirar los resultados, discrepar, saltar de una fuente a otra. La inteligencia artificial, en cambio, introduce una diferencia cualitativa. Podemos preguntarle algo y recibir no una lista de documentos, sino una respuesta. Ya no vemos necesariamente las fuentes antes de conocer la conclusión. Alguien —o algo— ha buscado por nosotros, ha seleccionado, ha ponderado, ha sintetizado y finalmente nos ha contado qué cree que necesitamos saber. El intermediario ha desaparecido de nuestra vista y precisamente por eso puede ser mucho más inquietante.

Aquí es donde vuelvo a McLuhan. Si «el medio es el mensaje», quizá hoy debamos añadir algo más: el modelo también es el mensaje. Porque, igual que McLuhan nos pedía mirar el medio, ahora necesitamos mirar el modelo que filtra, ordena y sintetiza la información antes de que llegue a nosotros. Quizá el verdadero mensaje de la inteligencia artificial no esté solamente en las respuestas que produce. Está en el hecho de que estamos delegando en ella una parte del proceso mediante el cual construimos nuestra propia representación del mundo. En mi opinión esto tiene consecuencias más profundas. Porque una cosa es utilizar una máquina para encontrar información y otra muy diferente es permitir que una máquina decida qué información merece nuestra atención. Una cosa es preguntarle a un buscador y otra es confiar ciegamente en un agente. El buscador nos devuelve posibilidades; el agente empieza a ofrecernos una interpretación.

Y si mañana esos agentes no solamente responden a nuestras preguntas, sino que anticipan nuestras necesidades, filtran nuestro correo, seleccionan nuestras noticias, recomiendan nuestras compras, preparan nuestros viajes, interpretan nuestros análisis financieros, nos ayudan a contratar servicios, nos sugieren qué leer y terminan tomando decisiones en nuestro nombre, entonces habremos construido algo mucho más peligroso que un nuevo buscador. Habremos construido un nuevo intermediario entre nosotros y la realidad.

Y aquí empieza mi desasosiego. No porque piense que la inteligencia artificial vaya a destruir el mundo. Tampoco porque crea que debamos detener el progreso tecnológico. Me preocupa algo más sencillo y, quizá, más difícil de resolver: ¿quién controla esos intermediarios? Porque una compañía no quiere quedarse atrás. Una potencia no quiere que otro país le adelante por la derecha. Un inversor no quiere perder la próxima gran oportunidad. Y así aparece el viejo problema de todas las carreras tecnológicas: incluso quienes conocen los riesgos tienen enormes incentivos para seguir acelerando. Por eso resulta tan significativo el diagnóstico de Bill Gates. Como sabéis, Gates ha sido durante décadas uno de los grandes protagonistas del optimismo tecnológico y, ahora, nos advierte sobre las consecuencias de una carrera por liderar la inteligencia artificial que avanza más deprisa que nuestra capacidad para comprenderla y gobernarla.

Por último, insisto en que mi preocupación tiene que ver menos con la capacidad de las máquinas y más con nuestra dependencia de ellas. Porque podemos imaginar un futuro en el que las máquinas sean capaces de hacer casi cualquier cosa. Creo que lo verdaderamente importante será decidir qué dejamos que hagan por nosotros. Durante siglos hemos desarrollado herramientas que ampliaban nuestras capacidades. El microscopio nos permitió ver lo que nuestros ojos no podían ver. El telescopio nos permitió mirar mucho más lejos. Las calculadoras y los ordenadores multiplicaron nuestra capacidad de cálculo. Internet potenció nuestra capacidad de acceso a la información. Google multiplicó nuestra capacidad de encontrarla. Con la inteligencia artificial corremos el riesgo de sufrir un retroceso inédito, porque puede disminuir nuestra capacidad de interpretar información.

Encontrar información y decidir qué significa son cosas muy distintas. Si delegamos la segunda, estamos delegando una parte de nuestra autonomía intelectual porque el agente que nos ahorra el trabajo de buscar puede acabar ahorrándonos también el trabajo de pensar.

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