Computación Cuántica y Criptografía Postcuántica
junio 10, 2026 on 11:37 pm | In academia, cibercultura, ciberseguridad, colección, descarga textos pdf, internet, telecomunicaciones | Comentarios desactivados en Computación Cuántica y Criptografía PostcuánticaAdolfo García Yagüe | Cuando hace unos meses hablábamos de radiotelegrafía, algunos lectores repararon en que entre los documentos de la colección hay un estadillo militar de 1912 donde se contabilizaban los mensajes cifrados del año anterior. Aquello, lejos de ser una singularidad, es una pequeña muestra de la relación que ha existido desde la antigüedad entre el cifrado y el mundo militar.
Desde los sacerdotes egipcios, que reservaban la escritura jeroglífica a una élite, hasta los espartanos del siglo V a. C., que empleaban la escítala para enviar órdenes secretas, la necesidad de ocultar información ha sido constante. Durante siglos, la criptografía fue un arte reservado a gobernantes, diplomáticos y militares. Hoy, sin embargo, forma parte de nuestra vida cotidiana, aunque la mayoría no seamos conscientes de ello: cada conexión con un servidor en Internet, cada pago electrónico, cada instalación de una app en el smartphone o, por ejemplo, cualquier procedimiento para certificar nuestra identidad digital dependen de la criptografía.
La complejidad y el oscurantismo que la rodean no son casuales, pues entender sus fundamentos exige conocimientos de matemáticas, informática, estadística y, antaño, lingüística. Aun así, su evolución puede narrarse como una sucesión de cambios de paradigma en los que historia y tecnología se entrelazan con acontecimientos decisivos. En este sentido, conviene recordar que hace un siglo la criptografía clásica quedó obsoleta frente a las máquinas de rotores y las técnicas inspiradas en el cifrado de Vernam. Más tarde, en los años setenta, ambas cedieron el paso al cifrado computacional basado en problemas matemáticos difíciles de resolver.
Hoy vivimos otro momento de transición en el que la computación cuántica amenaza esos problemas «difíciles» que sustentan a Diffie-Hellman, RSA (Rivest–Shamir–Adleman) y ECC (Elliptic Curve Cryptography), ya que un ordenador cuántico capaz de ejecutar el algoritmo de Shor podría factorizar números enteros y resolver logaritmos discretos con una eficiencia imposible para la computación clásica. Incluso los algoritmos simétricos robustos, como AES (Advanced Encryption Standard), o las funciones criptográficas, como SHA (Secure Hash Algorithm), se verán afectados por el algoritmo de Grover, al reducir el esfuerzo de fuerza bruta a su raíz cuadrada y obligar a duplicar los tamaños de clave para mantener el mismo nivel de seguridad. Por estas razones, y aunque aún hoy no existan máquinas cuánticas capaces de hacerlo a gran escala, el riesgo HNDL (Harvest Now, Decrypt Later) ya es real: los datos cifrados hoy podrían ser descifrados mañana.
En este contexto se enmarca esta presentación. Su objetivo es ayudar a los clientes de Axians —y a cualquier interesad@— a comprender la amenaza cuántica, explorando cómo funciona actualmente un ordenador cuántico y a qué desafíos se enfrenta esta tecnología. A continuación, explicaremos en qué se basan los nuevos algoritmos PQC (Post-Quantum Cryptography) estandarizados por el NIST (National Institute of Standards and Technology, EE. UU.) y cómo se integran en un certificado X.509 y en la negociación TLS (Transport Layer Security), IKE (Internet Key Exchange) e IPSec. Más adelante revisaremos las iniciativas impulsadas por diversas instituciones europeas y su impacto en la normativa vigente: DORA (Digital Operational Resilience Act), NIS2 (Network and Information Security Directive 2) y eIDAS (Electronic Identification, Authentication and Trust Services). Por último, presentaremos una estrategia de referencia para abordar la transición hacia PQC y analizaremos cómo algunos fabricantes de soluciones de seguridad están afrontando este reto.
No lo olvidemos: la criptografía es la capa matemática que garantiza la confidencialidad, la integridad y la autenticidad de los datos, además de salvaguardar la identidad y la confianza digital. Y, por primera vez en medio siglo, nos vemos obligados a replantear sus cimientos.
Una breve historia de Internet
febrero 18, 2026 on 8:55 pm | In colección, descarga textos pdf, hist. telecomunicaciones, internet | Comentarios desactivados en Una breve historia de InternetAdolfo García Yagüe | De cuando en cuando, amigos y familiares, mientras hacen limpieza de sus trasteros y bibliotecas, se acuerdan de mí. En una de esas, Nacho, mi compañero de trabajo, me ha hecho depositario de unos cuantos libros sobre malware y seguridad informática editados antes de los 90.
Entre estos tesoros también hay un pequeño cuaderno, publicado en 1998 por la revista Novática, con la traducción de un artículo firmado por Barry Leiner, Vinton Cerf, David Clark, Robert Kahn, Leonard Kleinrock, Daniel Lynch, Jon Postel, Lawrence Roberts y Stephen Wolff, cuyo título emociona: Una breve historia de Internet.
Debido a su valor documental, no he dudado un instante en escanear sus páginas y compartirlo con todos vosotros. Merece la pena. No esperéis un texto farragoso y extenso. Todo lo contrario: es claro, preciso y fiable, como una buena RFC del IETF 😉.
¡Gracias Nacho!
Colección | Una breve historia de Internet | ARPANET, X.25 e Iberpac | Internet e Infovía
Nueva Generación de Instrumentos Musicales Electrónicos
noviembre 13, 2025 on 7:14 pm | In colección, descarga textos pdf, hist. sonido y música electrónica, música electrónica | 1 CommentAdolfo García Yagüe | No podéis imaginar la ilusión que me ha hecho conseguir este libro. Conozco su existencia desde los años 80 y, desde entonces, no había sido capaz de hacerme con un ejemplar. Esta semana, por fin, la búsqueda concluyó y puedo incluirlo en la colección de Ccäpitalia, dentro de la galería de Grabación, Reproducción y Síntesis de Audio y Voz.
En mi opinión, y sin ningún género de duda, esta obra es la más importante de cuantas se han publicado en nuestro país sobre un tema tan específico como la Síntesis Analógica Sustractiva y, en general, sobre la creación de Música Electrónica. Tampoco tiene nada que envidiar a trabajos similares editados en el extranjero. Tal es su calidad que Marcombo, a través de su matriz Boixareu, lo publicaría en 1977 y reconoció su valor otorgándole el prestigioso galardón Mundo Electrónico.
Lo más sorprendente es que el libro fue escrito por un joven de veintipocos años, Juan Bermúdez Costa, y tiene su origen en la construcción de su propio sintetizador modular, el NAIROBI. Para sacar adelante su creación, Bermúdez llevó a cabo un profundo trabajo de investigación, llegando incluso a contactar con los principales fabricantes de sintes del momento, como Moog, EMS o ARP… Cuesta imaginar a aquel muchacho de los setenta intercambiando correspondencia con eminencias como Robert Moog.
Tras más de 30 años de su primera edición, en 2011 Juan Bermúdez publicó su obra en Internet, libre ya de compromisos editoriales y con algunas correcciones menores, para que todos pudieran disfrutarla.
Además del mencionado mérito técnico, este libro también tiene un gran valor sentimental, pues me trae grandes recuerdos de la época en la que chapoteé en la creación electrónica y Bermúdez representaba una institución para mí, un mito. Recuerdo sus artículos en la revista Música y Tecnología, cargados de sabiduría y frescura, y cómo con cada texto sentía que me acercaba un poquito más al núcleo de la música electrónica.
Juan, Gracias por iluminarnos el camino.
Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (y 3)
septiembre 26, 2025 on 5:05 pm | In ciberseguridad, colección, hist. informática | Comentarios desactivados en Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (y 3)Adolfo García Yagüe | Hacia el final de la década de los 80, las únicas herramientas con las que contaban las empresas para defenderse de una infección, era una suscripción a un buen antivirus, la aplicación estricta de políticas que prohibieran el uso de software no corporativo, y la existencia de copias de seguridad actualizadas… por si acaso. No había mucho más dónde elegir.
Malware en Redes Corporativas
El incidente sufrido por IBM con el virus Cascade, nos permite recordar el riesgo al que se enfrentaba cualquier organización con una red de área local (LAN) en la que sus usuarios compartían impresoras, disponían de almacenamiento centralizado o, simplemente, intercambiaban archivos. Como hemos comentado en otros artículos, la mayoría de estas redes LAN se articulaban sobre NetBIOS, que era una extensión del sistema operativo MS-DOS para ofrecer soporte de red. Como sabéis, con el despliegue de estas redes se pretendía que el usuario tuviera acceso a unas unidades de red que podían ser privadas o compartidas entre compañeros. Esto significaba, que si un virus ya se encontraba presente en el equipo del usuario, también tendría acceso a cualquier carpeta y fichero existente en las unidades remotas X:, Y: o Z:, por ejemplo. Es decir, para que una infección se propagase, no era necesario intercambiar un disquete con un colega, pues el virus se podía mover libremente en todo el entramado de la Red LAN.
Por otra parte, hasta la popularización de las mencionadas redes locales, en algunas organizaciones, la forma más habitual de trabajar contra un recurso central era a través del teleproceso ofrecido por un miniordenador y mainframe. Normalmente estos ordenadores funcionaban veinticuatro horas al día en instalaciones acondicionadas, la mayoría inexpugnables, y era en estos sistemas donde residía cualquier base de datos y allí se ejecutaban todas las aplicaciones de negocio o mensajería. Desde un usuario, en el caso de IBM, el acceso a estos sistemas estaba limitado al uso de una aplicación mediante un “terminal tonto” SNA 3270 o 5250 o, desde un PC, a través de la correspondiente emulación de terminal. En resumen, un usuario común no tenía ningún acceso al sistema operativo o los procesos que corrían dentro de la máquina central, por lo que era poco probable que un virus pudiese infectar al sistema. Además, recordemos, que el código de un malware para MS-DOS y el microprocesador Intel 8086 no tendría ningún efecto, por ejemplo, en un sistema MVS de IBM… aunque Bernad Fix, también conocido como Foxi, coqueteó con un virus para sistemas MVS/370 de IBM.
Por último, hay que recordar a los sistemas basados en UNIX y TCP/IP. Con una filosofía distinta a las comentadas anteriormente, este sistema operativo se utilizaba principalmente en el ámbito académico e Internet y, comparativamente, su empleo en el entorno empresarial estaba menos extendido, aunque en sectores como el ingenieril, era bien conocido gracias a su potencia y flexibilidad.
Un sistema corriendo UNIX, al igual que sucede en su descendiente GNU Linux, consta de decenas o cientos de servicios en ejecución y, para delicia de un malware o atacante, es habitual que alguno de estos servicios sea accesible remotamente a través de TCP/IP para, por ejemplo, intercambiar archivos (FTP), acceder vía terminal (Telnet) o enviar un correo electrónico (SMTP)…
Gusano Morris
Un sábado de noviembre de 1988, el programa Informe Semanal abrió uno de sus reportajes alertando “…en la red de comunicaciones auspiciada por el sistema de defensa americano y conectada con el programa más famoso y espectacular del presidente Reagan, conocido como Guerra de las Galaxias, el joven Robert Morris había introducido un virus informático…”. A continuación, en ese mismo espacio de televisión, uno de los españoles que mejor entendía los entresijos de la red afectada, José A. Mañas profesor de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), daba unas pinceladas sobre los virus informáticos y comentaba el suceso…
Tras esta introducción, quedé perplejo por su aparente magnitud y trascendencia. Aunque un año un año antes había leído sobre ARPANET en un artículo firmado por el propio Robert E. Kahn (1938), no fui capaz de dar sentido a lo escuchado y entender de qué se trataba. Lo único que me quedó claro es que en el incidente se vio afectado un futurista programa militar estadounidense del que conocíamos su existencia por los medios.
Meses más tarde supe que muchas instituciones académicas y científicas alrededor del mundo estaban conectando sus redes a través de TCP/IP y que, la mayoría de sus máquinas, eran sistemas UNIX… y que un tal Robert Tappan Morris (1965), a días de cumplir 24 años, había tumbado todo ese tinglado…
También conocí que el agente patógeno no era un virus, sino un gusano al que se había bautizado con el nombre de su autor. Es decir, se trataba de un código maligno con capacidad para propagarse a través de esa red mundial sin necesidad infectar e intercambiar ficheros. Ah, se me olvidaba, nuestro protagonista era hijo de Robert H. Morris, uno de los creadores de Darwin (1961) y, además, en el momento del incidente, papá Morris trabajaba en la NSA (National Security Agency)… alucinante… todo quedaba en casa…
Siguiendo un orden basado en la probabilidad de éxito, el gusano Morris podía emplear cuatro vectores diferentes en su intento de colonizar remotamente un objetivo:
- sendmail, a través del puerto TCP 25. Servicio para envío y recepción de correos. El gusano se aprovechaba del modo de depuración (activo por defecto) para ejecutar comandos arbitrarios sin autentificación. Probabilidad de éxito alta.
- fingerd, TCP 79. Demonio que permitía conocer remotamente el nombre de los usuarios y el estado de su sesión. Morris se aprovechaba de una vulnerabilidad de fingerd en la distribución UNIX Berkeley (BSD) permitiendo la ejecución remota de código. Probabilidad de éxito alta.
- rsh, TCP 514. Este servicio permitía la ejecución remota de comandos, sin contraseña, y estaba basada en autenticaciones de confianza que se configuraban en el archivo .rhost. Morris buscaba aquellos archivos .rhost que carecían de un permiso de acceso restrictivo para conocer las máquinas y usuarios que tenían concedido el acceso. Probabilidad media.
- rexec, TCP 512. Este servicio permitía la ejecución remota de comandos con contraseña. A diferencia de rsh, en rexec si era necesario introducir un nombre de usuario y una contraseña. El gusano Morris sorteaba esta barrera probando, una a una, diferentes contraseñas para cada nombre de usuario con palabras generadas a partir de un diccionario y/o permutaciones de estas. Probabilidad baja.
Trascurridas unas horas tras su liberación, el 2 de noviembre de 1988, el gusano Morris ya había logrado infectar a más de 6000 sistemas y se estimaba que unas 60000 máquinas se encontraban a su alcance… Recordar que en aquel año se contabilizaban en Internet, aproximadamente, 500 redes estadounidenses y no más de 100 redes internacionales (entre las que se encontraba la UPM). Precisamente, y según la declaración de Robert Morris tras su detención, justificó su acción diciendo que aquello era solo un experimento para intentar conocer la población y envergadura de Internet, y que se le fue de las manos…
La realidad es que este gusano, intencionadamente o no, contenía un error en su programación lo que permitió la reinfección de sus víctimas, ocasionando el agotamiento y el colapso de los sistemas afectados. Para atajar la crisis provocada por Morris, la mañana del 3 de noviembre se pusieron al frente expertos de la Universidad de Berkeley, el MIT y la Universidad de Purdue, y juntos lograron desentrañar su funcionamiento y desarrollar los parches necesarios para corregir el incidente.
Esta respuesta reactiva e improvisada, aunque efectiva, puso de manifiesto la necesidad de establecer algún tipo de coordinación y protocolo para gestionar futuras crisis. Por este motivo, tras el suceso, inició su andadura en la Universidad Carnegie Mellon el primer CERT o Computer Emergency Response Team y, entre sus atribuciones, quedaba la dirección de la respuesta ante un incidente de seguridad, además de analizar amenazas y vulnerabilidades.
Otra consecuencia del gusano de Morris fue la incorporación en los sistemas UNIX de capacidades para establecer filtros IP, como los TCP Wrappers (1990) e IPFilter (1992). En esta línea de protección conviene recordar el caso de ciertos routers, como los de Cisco Systems, que incluirían a partir de 1993 la posibilidad de establecer ACL (Access Control Lists). Inmediatamente después, gracias al servicio ipfw de UNIX, se desarrolla el concepto Firewall y aparecen las primeras soluciones específicas de seguridad, como FireWall-1 de Check Point que se apoyaba en estaciones Sun Microsystems y su sistema operativo Solaris.
Junto a estos avances, en algunas organizaciones cuyos servicios eran especialmente sensibles se fue un paso más allá en materia de ciberseguridad. Estas compañías eran conscientes del riesgo que representaba un adversario motivado y, por ello, se esforzaron en levantar barreras para proteger sus datos y cifrar sus comunicaciones. Esta preocupación aumentaba si contaban con una red de sucursales o delegaciones, o si formaban parte de una red bancaria internacional como SWIFT.
Más allá del trastorno y los cambios que provocó, el gusano de Morris puso en evidencia la realidad de los sistemas, dejando importantes lecciones que, en mi opinión, podrían formar parte de unos ficticios (pero todavía vigentes) Diez Mandamientos de la Ciberseguridad:
- No expondrás información que pueda ser aprovechada por un atacante (nombre y tipo de los sistemas empleados, nombre de usuarios, correos…).
- Corregirás cualquier vulnerabilidad de un sistema y/o sus programas.
- Siempre bastionarás un sistema y no dejarás desatendidas configuraciones por defecto.
- No dejarás servicios innecesarios expuestos y sin protección alguna.
- No dejarás ningún fichero de configuración y passwords a la vista de un atacante.
- No utilizarás passwords débiles y las sustituirás periódicamente.
- Establecerás controles para detectar y frenar reintentos al ingresar una contraseña.
- y cifrarás todo, comunicaciones y datos… aunque en 1988 esto no estaba al alcance de la mayoría de los sistemas.
- …
Con estas líneas daría por terminado el repaso al origen y primeros años del fenómeno malware. No obstante, es obvio que la cosa no acabó en 1995 y, en muchos sentidos, lo verdaderamente interesante empezaría a partir de aquel año. Permitirme recordar: Internet llega a los hogares; el correo electrónico se convierte en una popular herramienta de comunicación; las empresas adoptan masivamente redes LAN; aparece Windows 95, con todas sus luces y sombras; el uso de macros embebidas en los documentos ofimáticos; empezamos a usar teléfonos GSM, agendas y ordenadores de bolsillo con conexión a Internet… y los malotes se dan cuenta de que la propiedad de virus y gusanos para replicarse de forma sigilosa no tiene por qué ser un fin, sino que puede ser un medio para desarrollar ataques más sofisticados… Pero esto es otra historia que contaré en futuros textos…
Introducción a la Ciberseguridad | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (1) | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (2)
Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (2)
septiembre 14, 2025 on 4:34 pm | In ciberseguridad, colección, hist. informática | Comentarios desactivados en Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (2)Adolfo García Yagüe | En este texto continuamos con el repaso de los primeros años del fenómeno malware. Como en otras ocasiones, os ruego que seáis indulgentes si detectáis alguna omisión o imprecisión. Gracias.
Virus en ficheros .COM y .EXE
Seguimos en 1987, año en el que llegaron las primeras noticias de Vienna y su capacidad para infectar los conocidos ficheros .COM de MS-DOS. Este formato de archivos, que carecían de cualquier encabezado, era una imagen exacta del programa binario que ejecutaba el microprocesador y, al cargarlo en memoria, siempre se ubicaban en la dirección 0x100h ocupando, como máximo, un segmento de 64KB.
Cuando el virus Vienna se encontraba en la memoria de la víctima, buscaba archivos no infectados con la extensión .COM. Para identificar si un archivo ya había sido infectado, el virus realizaba una comprobación de la hora de creación: si los segundos de la marca de tiempo indicaban un valor de 62 segundos, consideraba que el archivo ya estaba infectado y lo ignoraba. Este timestamp de 62 segundos resultó ser una característica ingeniosa ya que, como todos sabemos, no es un valor válido en un reloj real cuyo máximo es de 59 seg.
En cambio, cuando el malware encontraba un archivo limpio, lo abría y sobrescribía sus primeros bytes con una instrucción de salto JMP. Este salto tenía como fin redirigir la ejecución del programa hacia el código malicioso. Después de ejecutar su propio código, el virus devolvía el control al programa original saltando a la dirección donde se encontraba el código sobrescrito. Finalmente, el virus cerraba el archivo .COM y actualiza su hora de creación estableciendo los segundos a 62 para marcarlo como infectado y evitar futuras reinfecciones.
Se especula que este virus fue originario de la ciudad de Viena, pero su autor siempre ha permanecido en el anonimato y lo único que sabemos es que fue descubierto por el austriaco Franz Swoboda, quien indicó que el virus le llegó a través de Ralf Burger, que afirmaba lo contrario… Lo único claro es que fue Bernad Fix quien programó un antídoto para eliminar Vienna y que el propio Burger aprovechó aquel suceso para publicar el polémico “Computer Viruses a high-tech disease” detallando el funcionamiento de Vienna y convirtiéndolo en un virus de referencia para desarrollar nuevas especies… En mi opinión, no es descabellado especular que tras la creación de Vienna se encontraba alguien del entorno del Chaos Computer Club de Alemania. Recordemos que allí, en 1986, Ralf Burger presentó el virus Virden y Bernad Fix a Rush Hour y que ambos virus fueron descritos, junto a otros especímenes, en el libro de Burger.
Estas líneas estarían incompletas si no recordara al famoso virus Jerusalem. Además de por su elaborada y efectiva técnica para infectar ficheros .COM y .EXE, este malware alcanzó los primeros puestos de popularidad debido a sus efectos -dañinos- que se materializaban cada día Viernes 13. Independientemente de la bomba de tiempo que alojaba, la mayor parte de los daños provocados por este virus eran consecuencia la inutilización de los ficheros .EXE que reinfectaba repetidamente. Con cada infección el tamaño de los ficheros se incrementaba 2KB, siendo lo que llamó la atención de sus descubridores de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
A diferencia de Vienna, el virus Viernes 13 o Jerusalem tenía la capacidad de permanecer residente en memoria y monitorizaba constantemente las llamadas que hacía cualquier programa a la interrupción 21h, que era el punto de entrada para que MS-DOS realizara funciones básicas, como abrir o cerrar ficheros. Esto le permitía interferir en el acceso a cualquier fichero sin llamar la atención. En aquel instante, insertaba su código de manera similar a lo comentado antes, con la particularidad de que en los ficheros .EXE el virus tenía, además, que saber moverse en el encabezado de estos archivos para identificar el punto de entrada.
Primera generación de antivirus
A esas alturas los sufridos usuarios nos defendíamos como podíamos y la mayor parte de las ocasiones optábamos por el “fuego purificador” de un buen formateo. Este borrón y cuenta nueva era una práctica habitual hasta que llegaron las primeras copias -piratas, eso si- de programas antivirus.
Hasta el año 1988 no conocí un antivirus “de amplio espectro” con capacidad de detectar varios virus. En cambio, si llegó hasta mí algún programa que servía de vacuna frente a un tipo de virus particular e, incluso, algunos eran capaces de identificar ese malware y extirparlo. Como digo, eran remedios muy específicos y solo eran efectivos frente a un determinado código y cualquier variación, por pequeña que fuera, los hacia inútiles cuando no catastróficos inutilizando totalmente el archivo que se intentaba sanar.
El producto más popular de esta primera generación de antivirus fue ViruScan de McAfee Associates. Tras esta compañía estaba el excéntrico, pero visionario, John David McAfee (1945-2021) cuyo currículo incluía experiencia previa en compañías como la NASA, Univac, Xerox y Lockheed… Precisamente, en 1987 y durante su paso por esta última empresa conoció la existencia de Brain. Como hobby programó un antivirus para, posteriormente, distribuirlo a través de BBS en modalidad shareware. Ante el éxito de ViruScan, John McAfee dejaría su empleo en 1989 para profesionalizar los servicios que se ofrecerían a través de McAfee Associates, como la prestación de soporte telefónico, acceso a actualizaciones del producto a través de Compuserve, un modelo de registro y suscripción, y el desarrollo de un canal de ventas.
En esencia, aquellos antivirus se basaban en la identificación de firmas o una secuencia de códigos que permitían reconocer cada tipo de malware. Para ello, el fabricante de la solución debía dotar al producto de tantas firmas como virus fuera capaz de detectar, lo que exigía una actualización constante. Esta actualización, en la mayoría de los casos, no resultaba ni sencilla ni económica para, por ejemplo, un usuario español. La citada base de datos de firmas constituía el núcleo central del sistema del cual se alimentaban tres motores independientes: uno para el análisis de la memoria RAM; otro para los discos flexibles y el disco duro a bajo nivel; y un tercero para analizar el sistema de ficheros para ser capaz de examinar directorios completos o archivos específicos.
Normalmente, los primeros productos lanzados al mercado no eran capaces de limpiar un fichero colonizado y se limitaban marcarlo como infectado, borrarlo o ponerlo en cuarentena. En este sentido, todos los fabricantes insistían en la necesidad de tener y mantener copias de respaldo actualizadas.
De aquellos años, además del citado McAfee, me viene a la cabeza el sofisticado The Norton Antivirus (1990) de Symantec y su intuitiva interfaz de usuario (recordar, estamos en MS-DOS) junto con la posibilidad de actualizar manualmente las firmas conforme van apareciendo nuevos virus y su capacidad -más o menos eficiente- para extirpar el código malicioso de un fichero infectado. Pero, en mi opinión y dejándome llevar por el orgullo patrio, las dos soluciones antivirus con mayor repercusión en España fueron Anyware (1989) de Carlos Jiménez, y Artemis (1990) de Mikel Urizarbarrena, fundador de Panda Security.
Polimorfismo y virus Cascade
La ciberseguridad, salvando las distancias, es una carrera armamentística y la lucha contra el malware es un buen ejemplo de ello. Como era de suponer, era cuestión de tiempo que los métodos de detección basados en firmas quedaran obsoletos porque a alguien se le ocurriría la forma de alterar el código de un virus con cada copia y así, la apariencia de toda su descendencia, sería distinta e imposible de detectar mediante firmas conocidas.
Esta capacidad, llamada polimorfismo, está en la base de aquellos virus que, empleando alguna técnica de cifrado, consiguen alterar su apariencia para convertirlos en únicos. No es menos importante la ofuscación que consiguen de su código, complicando de esta forma el análisis de su funcionamiento. Aunque pueda parecer que hay similitudes con el actual malware Ransomware -por aquello del cifrado- no hay que confundirlo. Estamos hablando de técnicas de cifrado muy elementales, de finales de los ´80, cuyo objetivo no era el cifrado masivo de ficheros y directorios, simplemente alterar el propio código para pasar desapercibido.
De nuevo volvemos a Centroeuropa, concretamente a Alemania, y allí encontramos las primeras señales del virus Casacade (1987), también conocido como 1701 y 1704 por el tamaño que añadía a los ficheros infectados, y otros tantos nombres con los que se identificó a sus mutaciones. Haciendo uso de una comparación biológica, podemos afirmar que el virus Cascade fue un salto evolutivo al incorporar un sencillo mecanismo que le permitía ser polimórfico. Afortunadamente, este virus no fue infalible frente a la mayoría de antivirus de primera generación, pues su algoritmo de cifrado podía ser identificado mediante firma, pero el resto del código del virus se encriptaba y éste era diferente en cada copia. Sin duda, aquello fue un comienzo y señaló el camino por donde evolucionaría el malware y las herramientas de detección.

Cascade infectaba ficheros .COM y aunque inicialmente estaba programado para atacar solo a equipos clónicos PC y excluir a máquinas IBM, su rutina para identificar al fabricante de dicho PC mediante el copyright de la BIOS no consideró las posibles variantes que hacía IBM en cada versión, por lo que afectó a casi a cualquier PC. Paradójicamente, sería la propia IBM de Bélgica uno de los mayores damnificados de esta plaga, teniendo que desarrollar un antídoto para frenar sus “simpáticos” efectos tras comprobar como a sus empleados se les caían -literalmente- los caracteres de sus monitores.
Como he comentado, en el código de Cascade existía una rutina de encriptación basada en la operación lógica XOR, fácilmente implementable a nivel ensamblador. En los primeros especímenes de 1701, la clave para el cifrado y posterior descifrado se correspondía con la longitud original del archivo infectado. Recordar que este mecanismo encriptación solo se aplicaba al payload del malware para ocultar su código frente miradas indiscretas y la descrita identificación a partir de firmas.
Este cambio de tendencia en el desarrollo de malware, unido a un incremento exponencial de virus y variantes, hizo insostenible seguir basando únicamente las capacidades de detección en una base de datos de firmas conocidas. Pensemos en la dificultad para mantener actualizado ese gigantesco repositorio de firmas y lo más complicado, desarrollar un motor lo suficientemente rápido para analizar decenas o cientos de ficheros contra esta base de datos de firmas.
Vacunación y primeros antivirus heurísticos
Bajo las técnicas de vacunación los antivirus fueron incorporando capacidades para identificar cambios inesperados en un fichero, como aquella basada en guardar el checksum o suma de verificación de cada archivo en una base de datos, para, si un malware alteraba ese fichero poder detectarlo, aunque no se conociese la identidad del artefacto responsable del cambio. Otra capacidad de detección muy básica consistía en conocer la fecha de creación original y la longitud del fichero víctima y, una vez más, ante un cambio no esperado se generaba una alerta.
Un paso más allá en la detección de agentes malignos desconocidos, y aproximándonos más al término heurístico, consistía en analizar -en tiempo real- el comportamiento de un posible malware e identificar ciertas acciones sospechosas, como las llamadas a la interrupción 13h para hacer accesos al sistema de almacenamiento a través de la BIOS. Recordar que por heurístico entendemos una forma de encontrar una solución de una manera rápida y, a veces, no del todo perfecta y óptima.
Como digo, estas técnicas, aunque efectivas, no eran perfectas y podían generar falsos positivos porque, por ejemplo, el funcionamiento de algunas aplicaciones precisaba hacer cambios en sus respectivos archivos e, incluso, algunos sistemas anticopia hacían un uso legítimo de la interrupción 13h, como aquella consistente en la detección de una marca láser en la superficie del disco. También, para sacar el máximo partido a estos mecanismos de vacunación, era necesario trabajar con ordenadores que tuvieran disco duro y que fuesen rápidos porque, de lo contrario, era inviable en un sistema con solo diskettes. [Continuará]
Introducción a la Ciberseguridad | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (1) | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (y 3)
Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (1)
agosto 29, 2025 on 8:00 pm | In ciberseguridad, colección, hist. informática | Comentarios desactivados en Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (1)Adolfo García Yagüe | Tras el interés surgido con la presentación anterior, no he podido evitar recuperar algunos documentos para recordar como los Virus informáticos o más genéricamente, el Malware, se hicieron un hueco en nuestros corazones.
Origen teórico
Al hablar del origen de los virus informáticos, es común citar el artículo Self-Reproducing Machines de L. S. Penrose (1898-1972), publicado en junio de 1959 por Scientific American. En contra de lo que cabría esperar, en este trabajo no se tratan temas relacionados con ordenadores, lenguajes de programación o sistemas operativos, ahí son estudiadas las capacidades que debería tener una máquina para fabricar copias de sí misma que, como sabemos, es la característica esencial de cualquier virus. Como no podía ser de otra forma, el mencionado artículo de Penrose sigue la estela de los trabajos que previamente publicó John von Neumann (1903-1957) entre los años 1948 y 1952, abordando el tema de las máquinas autorreplicantes y el concepto de un autómata capaz de crear copias de sí mismo. El objetivo de Neumann no era otro que comprender los principios lógicos que subyacen en la replicación biológica.
Sin abandonar esta línea teórica, en ocasiones también se recuerda al Juego de la Vida de John Horton Conway (1937-2020), de 1970. Aquel no era un juego al uso y podría ser considerado un pseudo-autómata cuya programación, a través de reglas básicas (= algoritmos), emulaba el comportamiento de una célula y su ciclo vital de nacimiento, reproducción y muerte. Visualmente, la conducta de aquella célula era representada a través de los movimientos de una ficha dentro de una cuadrícula, siendo posible resumir este comportamiento mediante un programa informático, como el desarrollado por Guy y Bourne en un Digital PDP-7. Una vez más, podemos trazar paralelismos entre un virus informático y una forma de vida artificial programada para evolucionar en su entorno y perpetuarse.
He querido recoger estas referencias porque es importante conocerlas, al ser consideradas como base teórica, pero, en mi opinión, para entender el fenómeno malware es necesario un enfoque más cercano al contexto de su creador, en concreto, su motivación y medios. Francamente, a veces tengo dudas que alguno de los primeros creadores de virus y gusanos encontraran la inspiración entre los eruditos trabajos de Newmann, Penrose o Conway.
Creeper y Reaper
Como digo, para entender el desarrollo de cualquier acontecimiento es preciso conocer el entorno circundante. Por eso es importante recordar que Creeper, el que es considerado primer gusano de la historia, fue programado en 1971 por Bob Thomas mientras trabajaba en BBN Technologies (Bolt, Beranek and Newman), la compañía responsable del desarrolló ARPANET. Aquel joven andaba metido en la compartición de recursos entre ordenadores Digital PDP-10 con sistema operativo TENEX y desarrolló un programa que saltaba entre equipos. Este programa saltarín, en su demostración, imprimía el mensaje “I’M THE CREEPER: CATCH ME IF YOU CAN” y, a continuación, pasaba a la máquina siguiente y se borraba en la anterior sin dejar rastro. Es decir, entre los ordenadores objeto del ensayo, en un determinado instante solo era perceptible una copia de Creeper. Sin lugar a dudas, Creeper incluía el atributo básico de cualquier gusano, que es la réplica remota sin necesidad de infectar ficheros, sin embargo, aquello solo fue un ensayo divertido y benévolo dentro de BBN que, no lo olvidemos, estaba tras del desarrollo del citado TENEX, nuevos protocolos de encaminamiento de paquetes y otras formas de comunicación, entre las que destaca el correo electrónico, inventado allí por Ray Tomlinson (1941-2016).

Precisamente, la información más fiable que ha llegado hasta nuestros días sobre Creeper ha sido a través de Tomlinson, quién modificó el Creeper original para que se perpetuase de forma indefinida y simultánea en múltiples máquinas sin desaparecer, eso sí, seguimos en el aquel laboratorio de BBN. Para asegurarse de que esta experiencia podía ser detenida y revertida sin riesgos, Tomlinson desarrolló un programa llamado Reaper que se encargaba de buscar y borrar a Creeper.
Virus informático: el nacimiento de una nueva especie
Hacia finales de 1983 Frederick B. Cohen (1956), entonces estudiante de la Escuela de Ingeniería de la Universidad del Sudeste de California, creó un programa experimental capaz de infectar y replicarse en otras máquinas. Este programa se camuflaba dentro del código de un software legítimo y se propagaba a través de un disquete.
Fue su profesor, Len Adleman (1945) -coinventor de la criptografía RSA-, quien sugirió el nombre de «Virus» para este tipo de software. Las experiencias y conclusiones de Cohen fueron recogidas en su artículo de 1984 “Computer Viruses – Theory and Experiments”. Aquel trabajo fue pionero al establecer definiciones que hoy consideramos evidentes, como, por ejemplo, la que se refiere a un “virus” como un tipo de programa capaz de infectar a otros programas, modificándolos para incluir una copia de sí mismo. En este sentido, Cohen insiste en distinguir los virus de otros programas de propagación, como los gusanos y, enfatiza, que la característica clave de un virus es su habilidad para infectar a otros programas.
Core War
De forma paralela a la publicación del trabajo de Cohen, Alexander Keewatin Dewdney (1941-2024), mientras ejercía como profesor en la Universidad de Western Ontario, empezó a escribir en 1984 en Scientic American bajo la sección Computer Recreations. En España la revista Investigación y Ciencia también publicaría sus trabajos dentro del apartado Juegos de Ordenador. En su primer artículo, publicado el mes de mayo, A. K. Dewdney hizo una descripción de Core War, un juego de ordenador que desarrolló junto a D. G. Jones. En aquel juego dos programas competían entre si -de manera autónoma- para hacerse con el control de la memoria de un ordenador. En estos enfrentamientos cibernéticos podía competir cualquier interesado mientras programara a su “campeón” en Redcode, que no era otra cosa que un conjunto reducido de instrucciones similares al ensamblador.
En el primer texto dedicado a Core War, A. K. Dewdney cuenta que encontró la inspiración tras conocer la anécdota de Creeper y Reaper, no obstante, es curioso comprobar que los datos que llegaron hasta él no parecen ser correctos y hace referencia a estos programas como «refritos» de otros dos programas, uno de ellos anterior, Darwin, desarrollado en 1961 por Malcolm Douglas McIlroy (1932), Victor Vyssotsky (1931-2012) y, quedaros con este nombre, Robert H. Morris (1932-2011) mientras trabajaban en Bell Labs. El otro programa al que hace referencia es Worm, un gusano programado por John F. Shoch en Xerox PARC en 1980 (¿casi 10 años después de Creeper?) mientras investigaba en las posibilidades de la computación distribuida a través de Ethernet.
Tras dar a conocer en Scientic American el funcionamiento de Core War, A. K. Dewdney no contaba con que su artículo daría visibilidad a un buen número de sucesos e iniciativas relacionadas con el malware… Por eso, en su segundo texto publicado solo unos meses después (en mayo de 1985 ed. española), Dewdney se afana en explicar que Core War es un proyecto lúdico, cercano a los planteamientos de la vida artificial y no guarda relación con el incipiente fenómeno malicioso. Para dejar claras estas diferencias, cita la aparición en la Universidad Politécnica Estatal de California de un gusano para Apple II, o nos recuerda que un muchacho de Pittsburgh, Richard J. Skrenta Jr. (1967), cuando contaba con 15 años escribió un virus para Apple DOS 3.3 al que llamó Elk Cloner…
Los virus, la nueva epidemia
Es atrevido aventurar fechas concretas, pero, según mis recuerdos, fue a partir de 1985 cuando el fenómeno malware salió de los círculos especializados y llegó a la opinión pública. De ese año me viene a la memoria el artículo “Los ordenadores, infectados por virus”, publicado en la revista Conocer. En sus páginas nos alertaban de la existencia de una nueva epidemia que podría afectar a nuestros discos y ficheros, y comentaba la reciente novela francesa de Thierry Breton y Denis Beneich “Softwar, la guerra suave” (ed. española en 1985). Softwar introduce una nueva variedad de malware llamado bomba lógica que sirve como preludio al enfrentamiento entre EE.UU. y la desaparecida URSS.
De esa época, también recuerdo un breve artículo que se publicó en 1986 en la revista Muy Interesante Ordenadores titulado “La nueva epidemia”. En él se advertía del riesgo al que podían estar expuestas las instalaciones militares frente a los virus y, acompañando el texto, incluían un pequeño ejemplo de un virus para Commodore 64… Aunque todavía era de Spectrum aquello me convenció de que era cuestión de tiempo de los virus se convirtieran en una amenaza seria.
Virus en el boot de diskettes y disco duro
En 1987 por fin llegó a mi familia un flamante Amstrad PC 1512 y, como tantos usuarios de PC, no paraba de intercambiar y acumular software. Sin duda alguna, aquella obsesión por copiar fue la principal razón de las primeras infecciones y era cuestión de tiempo, unos meses o un año quizás, para verse infectado con cualquier virus liberado al otro lado del mundo… Así es como me enteré de la existencia del legendario virus Brain, que empezó a circular en Pakistán en 1986 y aterrizó en Occidente hacia 1987-88. Fue programado por los hermanos Basit y Amjad Farooq Alvi y, según su relato, fue un intento para controlar las copias indiscriminadas que otros hacían del software que comercializaban desde su establecimiento, Brain Computer Services. Irónicamente, la mayor parte del software que distribuían eran copias piratas de programas comerciales…
Históricamente, aquel virus se recordará por ser el primero para ordenadores compatibles IBM PC y, sobre todo, por aprovechar a su favor el proceso de arranque de un PC para tomar el control de una máquina y así logar replicarse a otros diskettes. Recordar que esta técnica, con los matices propios de cada sistema, era la base del virus Elk Cloner (1982) y ya fue comentada por los italianos Roberto Cerruti y Marco Morocutti en el artículo que Dewdney publicó en 1985 en Investigación y Ciencia. En resumen, se trataba de copiar el código del virus en los 512 bytes del MBR (master boot sector: cilindro 0, cabeza 0 y sector 1) de un diskette formateado para arrancar el sistema MS-DOS, es decir, donde estuvieran los archivos de kernel (IO.SYS y MSDOS.SYS), junto al intérprete de comandos COMMAND.COM. Si este disco infectado estaba insertado en la disquetera cuando finalizase el bootstrap de la BIOS, el virus pasaba a memoria y tomaba el control. A continuación, se cargarían los citados ficheros de kernel e intérprete de comandos y el usuario seguirá trabajando como si no pasara nada, pero, desde ese momento, todos los disquetes empleados para cargar y guardar otros archivos serian infectados…
Este proceso, con ciertas variaciones, inauguró la primera generación de virus para PC y fue imitado por otros virus célebres como, por ejemplo, Stoned (1987), Ping-Pong (1988) y el temido Michelangelo (1991) y su devastador borrado del disco duro cada 6 de marzo. [Continuará]
Introducción a la Ciberseguridad | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (2) | Origen y evolución del Malware, 1971-1995 (y 3)
La radio en España. Radiotelegrafía (2)
diciembre 7, 2024 on 5:47 pm | In colección, hist. telecomunicaciones | Comentarios desactivados en La radio en España. Radiotelegrafía (2)Adolfo García Yagüe | La radiotelegrafía, como aplicación directa de la radio, fue una revolución en la que varias naciones -incluida la nuestra- tomaron posiciones ante la carrera tecnológica que se avecinaba. En España, tras las experiencias de 1901 del comandante Julio Cervera Baviera (1854-1927), soñábamos con alcanzar el liderazgo gracias a las patentes que nuestro héroe había desarrollado, incluso, se decía, que una de sus líneas de investigación tenía ver con la radiotelefonía, situándonos -supuestamente- muy por delante de Marconi y el resto. Consciente de este desafío, en marzo de 1902 Cervera constituyó la Sociedad Anónima Española de Telegrafía y Telefonía sin Hilos con la intención de industrializar y explotar sus inventos, además contaba con el apoyo del Ministerio de la Guerra que aspiraba a volver a tutear a cualquier potencia. ¿Qué podía salir mal?
Para intentar entender -o especular- sobre lo que aconteció, recomiendo leer el prólogo que escribió en 1904 el propio Cervera para la edición española de Ondas hertzianas y telégrafo sin hilos de Oreste Murani (1853-1937). En aquel año Cervera ya se encuentra desvinculado de la radiotelegrafía y, como él mismo cita al comienzo de este texto, al recordar el pasado “acuden a su mente amarguras y pesimismos”. Como el lector podrá comprobar en estas líneas, Cervera admite que ha sufrido “trastornos mentales” debido a su trabajo, y que sus recuerdos están “esfumados y confusos” a pesar de que apenas han transcurrido tres años desde sus éxitos iniciales.
Tras conocer las conclusiones a las que han llegado investigadores como Jesús Sánchez Miñana y Ángel Faus Belau, es complejo responder con certeza a la cuestión anterior al existir importantes discrepancias entre ambos, en particular al resultado de la conexión radiotelegráfica que Cervera tenía previsto realizar entre Jávea e Ibiza y que, sospecho, está en la raíz del infortunio. En contra de lo que afirma Ángel Faus, todo apunta a que la mencionada conexión no funcionó como se esperaba, por lo que no extraña que la crisis sufrida por Cervera tuviera su origen en la elevada presión a la que estuvo expuesto para que sus resultados fueran satisfactorios. Tampoco sorprende que, en el centro de aquella adversidad, afloraran rencillas, reproches y críticas de sus compañeros y superiores. Por estas razones, y sin abandonar el carácter especulativo de estas líneas, parece verosímil pensar que lo que iba a ser un hito de la inventiva española desembocó en una pérdida de confianza hacia la figura y el trabajo de Cervera. En este orden de cosas, tampoco debemos pasar por alto la ingenuidad del gobierno español al pretender contrarrestar la capacidad de compañías extranjeras, como Telefunken o Marconi Wireless, con el único talento de Julio Cervera junto a unos pocos colaboradores dotados, todos ellos, de exiguos recursos materiales y económicos.
Sin lugar a duda nuestro apreciado comandante contaba con una gran clarividencia y tenía los conocimientos técnicos necesarios, pero, lamentablemente, no estaba un paso por delante de contemporáneos como Lodge, Popov, Marconi, Poulsen, Slavy o Fessenden. Hago esta apreciación porque así lo da a entender Ángel Faus en la sinopsis de su libro La radio en España (1896-1977) cuando afirma que “el inventor de la radio fue el español Julio Cervera Baviera y no Marconi, tal como se creía hasta ahora”. En esa línea, también considero exagerada la aseveración recogida en el mismo volumen cuando se dice que Cervera “es el pionero de la radiotelefonía con trabajos teóricos y prácticas experimentadas con anterioridad a las de Marconi y a las de todos los científicos de su momento”. Esta afirmación tampoco es cierta y debe ser contrastada visitando otro libro publicado en 1900 por el capitán Isidro Calvo Juana (1861-1928), en cuyo título ya se incluye la frase “Telefonía eléctricas sin hilos conductores” dedicando varias páginas a describir algunos sistemas experimentales para trasmisión de voz sin hilos como el fotófono de Alexander Graham Bell (1849-1922) y basado en la célula de selenio; el propuesto por el ingeniero de caminos español Manuel Maluquer Salvador (1866-1924) que emplea rayos ultravioletas y se aprovecha el efecto fotoeléctrico, descrito años antes por Heinrich Hertz y cuya descripción teórica le valió el Nobel a Albert Einstein en 1921; y el de Carlos Reichelt, que se basa en la modulación de un arco voltaico y nos recuerda al mítico Arco de Poulsen inventado en 1903 por Valdemar Poulsen (1869-1942) y que sería, realmente, uno de los primeros generadores de ondas continuas de frecuencia fija que posibilitaron la trasmisión de la voz por radio.
Red militar
Sin duda, el abandono de la opción Cervera fue un golpe de realidad a las aspiraciones españolas, pero, a pesar de ello, el Ejército no albergaba dudas de la importancia que tenía contar con una red de radiotelegrafía propia. Con este fin, entre 1903 y 1905, se tomarán una serie de decisiones que marcarán el devenir de los siguientes años, como el compromiso del Estado español con las iniciativas internacionales para reglamentar y unificar las comunicaciones por radio y la creación, dentro del Ejército, del Centro Electrotécnico y de Comunicaciones en quien se delegó la construcción y puesta en marcha de una Red Radiotelegráfica Militar Permanente con equipos de la firma Telefunken.
Como hemos dicho, durante la primera quincena de agosto de 1903, España, a través de sus delegados Isidro Calvo Juana y Antonio Peláez Campomanes, en representación del Ministerio de la Guerra y Mateo García de los Reyes por parte del Ministerio de Marina, participarán en la Convención que tuvo lugar en Berlín para la preparación la Primera Conferencia Radiotelegráfica Internacional, cuya realización estaba prevista en 1906 en la misma ciudad. En aquella Convención de 1903, además de sentar las bases para reglamentar los detalles técnicos de la comunicación radio, como la asignación de frecuencias e indicativos para cada estación, tuvo especial importancia llegar a un compromiso entre naciones para frenar las prácticas monopolísticas que venía realizando la Marconi Wireless, como, por ejemplo, aquella que impedía a sus telegrafistas comunicarse y atender un mensaje de otras estaciones cuyos equipos no fuesen Marconi. Evidentemente, a excepción de Reino Unido e Italia, cuya relación con la Marconi Wireless era claramente ventajosa, el resto de los países participantes llegaron al acuerdo y establecieron la obligatoriedad de atender cualquier mensaje, en especial los de socorro, sin importar el equipo radiotelegráfico y estación que lo emitiese y recibiera. En este sentido, en la Conferencia de 1906, quedo establecido el uso de la señal de socorro SOS.
Fruto del exquisito trato que recibieron nuestros representantes en Berlín, el recelo que suscitaba la Marconi Wireless o la admiración que sentían algunos militares por el Ejército Prusiano, a partir del verano de 1904 se empiezan a probar las prestaciones del modelo 1904, transportable en carro, de la firma Telefunken para, posteriormente, seleccionar a esta compañía frente a otras opciones como las de Marconi o las francesas Rochefort y Ducretet. Pero sin duda, el hecho más trascendente de aquel año es la creación en el mes de noviembre del Centro Electrotécnico y de Comunicaciones.
En efecto, ante los importantes desafíos que tenía que encarar nuestro país para ponerse al nivel de otras potencias y atender las acuciantes necesidades que llegaban desde el norte de África, se reunió en un único Cuerpo el conocimiento tecnológico que, hasta el momento, estaba disperso en otras unidades integrando en él, además, a las tropas de la Compañía de Telégrafos de la Red de Madrid y a la Escuela Central de Telegrafía junto a la unidad de Estudios y Experiencias. Uno de los primeros cometidos del Centro Electrotécnico y de Comunicaciones fue organizar el primer curso de radiotelegrafía para reglamentar y unificar la capacitación técnica del personal de otros Cuerpos. En paralelo, el Centro Electrotécnico, establecerá los criterios técnicos que se seguirán en la construcción y puesta en marcha de varias estaciones de radiotelegrafía en la península y África, como la construida en Chamartín de la Rosa en 1905 (Madrid) y empleada en los ensayos que se venían realizando.
Tras la publicación en enero de 1908 en la Gaceta de Madrid (antiguo BOE) de la regulación aplicable al servicio radiotelegráfico, comienza la puesta en servicio de esas primeras estaciones para uso militar. De ellas, la más imponente y representativa será la que se inauguró en julio de 1908 en la Alcazaba de Almería que, como sabéis, fue levantada en tiempos de Abderramán I y Almanzor. Esta estación, cuyo alcance era de 300Km en las longitudes de onda de 300, 600, 900 y 1200 metros, garantizaba la comunicación con Melilla y Ceuta, además, en condiciones óptimas de propagación radio, podría llegar hasta los 500Km y alcanzar la posición de El Harcha y las ciudades de Fez, Alcazarquivir y Larache.
En este repaso, tampoco podemos olvidar la puesta en servicio, en abril de 1911, de la Estación Central de Carabanchel cuya inauguración fue un acontecimiento que mereció la presencia de S.M. El Rey Alfonso XIII. Con un alcance garantizado de 2000Km en 600, 900, 1600, 2000 y 2500 metros cubría la comunicación con las Islas Canarias, todo el norte de África y nos acercaba, sin dificultad, a las principales capitales europeas y, en condiciones óptimas, nos dejaba cerca de Moscú y San Petersburgo. Aquel mismo año también entrarían en servicio otras estaciones importantes como la Barcelona-Montjuic (1000Km en 600, 1000 y 1500m), Ceuta (750Km en 600, 1200 y 1500m), Larache (500Km en 600, 900 y 1200m) y Bilbao y Valencia en 1913, Tetuán en 1914, así hasta un total de 29.
Red civil
Tras la regulación comentada anteriormente, y como consecuencia de las dificultades económicas del momento, el Estado sacó a subasta pública la creación y explotación de la red civil. El adjudicatario se comprometía a financiar la construcción de esta red radiotelegráfica por un total de 2,3 millones de pesetas, y a pagar al Estado 150.000 pesetas anuales en concepto de canon por la prestación del servicio. A cambio, el Estado acordaba hacer pagos anuales hasta amortizar la deuda y, durante este tiempo, ofrecía al ganador disfrutar del beneficio económico derivado de la citada prestación del servicio. Tras el periodo de amortización, estimado entre 20 y 30 años, la red pasaría a ser propiedad del Estado.
Entre los requerimientos publicados se indicó que la red se compondría de un total de 24 estaciones radiotelegráficas costeras y su propósito sería atender las comunicaciones marítimas. Esta red estaría formada por 2 estaciones de primera clase, en Cádiz y Tenerife, cuyo alcance mínimo será de 1600Km en las longitudes de onda de 300, 600 y 1600 metros; 5 de segunda clase (400Km en 300 y 600 metros) en Finisterre, Tarifa, Cabo de Gata, La Nao y Menorca; 17 de tercera clase (200Km y 300m) en Barcelona, Mallorca, Málaga, cabo de Creus o de Bagur, Peñas, Estaca de Bares, islas Cíes, cabo de Palos, Vinaroz o Los Alfaques, cabo Machichaco, Mayor o Quejo, Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Gomera, Palma y Hierro.
Aquella fórmula no fue del agrado del Cuerpo de Telégrafos porque suponía una intromisión en sus competencias y, además, estas estaciones costeras eran percibidas como una amenaza que se integraba en la (su) red telegráfica fija. Tampoco fascino a las empresas candidatas que entendieron que aquella subasta estaba muy limitada económicamente (los 2,3 millones) y que sería imposible cumplir con lo pactado. Finalmente, la concesión fue adjudicada a la única empresa que se presentó, Oerlikon, una compañía que ya operaba en España y formaba parte de la sociedad suiza del mismo nombre dedicada a maquinaria eléctrica. Para salvar el obstáculo donde se solicitaba que la empresa concesionaria fuese española, se constituyó la Compañía Concesionaria del Servicio Público Español de Telegrafía sin Hilos.
En aquella Compañía Concesionaria también participaba en calidad de socio tecnológico la Compagnie Française de Télégraphie sans Fil et d’Applications Électriques. Uno de los primeros pasos de esta empresa se sitúa en 1902 en su intento de introducirse en España a través de la Sociedad Anónima Española de Telegrafía y Telefonía sin Hilos de Julio Cervera Baviera. A pesar de su supuesta pericia técnica no fueron capaces de poner en marcha ninguna estación y, hacia el otoño de 1910 y tras varias moratorias, la empresa sería absorbida por la Marconi Wireless a quién se traspasaron sus obligaciones y derechos en una nueva sociedad creada en diciembre de 1910: la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos.
Marconi’s Wireless Telegraph Company
Desde su fundación la Marconi Wireless entendía la radiotelegrafía como un servicio “llave en mano” que arrancaba con la construcción de las estaciones y el suministro de los equipos radio, e incluía la formación y asignación de los operadores radiotelegrafistas. Este es el modelo que se adoptó en la Compañía Nacional permitiendo al Estado español, o a navieras como la Trasatlántica, desentenderse de los entresijos del servicio, pero a la vez, fortalecía la posición monopolística de la Marconi Wireless al tener el control de cada estación radiotelegráfica. Un ejemplo de este estatus implicaba que el radiotelegrafista de un crucero, en su “sala Marconi”, atendía y cobraba a los pasajeros por el servicio de envío y recepción de “marconigramas” personales. Otra tarea peculiar de estos radiotelegrafistas tenía que ver con la recepción de las noticias que se producían en el continente para publicarlas, al día siguiente, en un diario impreso que se podía adquirir en el propio buque. En resumen, para la Marconi Wireless la radiotelegrafía se había convertido en una tecnología alrededor de la cual incrementar sus ganancias con servicios de todo tipo, no existiendo una clara diferencia entre las comunicaciones de apoyo a la navegación del resto de atribuciones.
Paradójicamente, la Marconi Wireless fue una de las empresas que rehusó presentarse a la subasta de las estaciones costeras planificadas por España. Incluso, fue el propio Guillermo Marconi quién estimó que su coste rondaba los 7 millones de pesetas, muy por encima de los 2,3 millones presupuestados. ¿Qué había cambiado para sacar del aprieto al Estado español? Fácil. Atrapados en la desesperación, el Gobierno dio carta blanca a la Marconi Wireless para repensar el proyecto y plantearlo de tal forma que este fuera rentable y técnicamente viable. A fin de cuentas, esta era la compañía de mundo que más sabía de radiotelegrafía y de la prestación de este servicio.
Resumidamente, nuestra Compañía Nacional de Telégrafos sin Hilos dedicó el año 1911 a poner a punto un primer grupo de estaciones: Barcelona-El Prat, Cádiz, Tenerife y Las Palmas. Al año siguiente entrarían en servicio Vigo, Sóller y una nueva estación central de gran potencia que no estaba en los planes originales: Madrid-Aranjuez. La idea era que esta estación hiciese de punto central de las costeras para el intercambio de mensajes entre ellas y, además, permitiese el enlace con Gran Bretaña. Evidentemente, sobre el papel no se cumplía con lo acordado ya que el Gobierno solicitaba 24 estaciones, pero, en cambio, aquella disposición parecía ser más eficiente y barata (Visita a la estación y malestar en el Cuerpo de Telégrafos en 1921).
En diciembre de 1911, la recién inaugurada estación costera de Cádiz, demostró una eficacia ejemplar al cooperar en el salvamento de las casi 200 personas a bordo de vapor SS Delhi cuando este naufragó al norte de Marruecos, en cambio, el trágico incidente del RMS Titanic de la naviera White Star Line en la noche del 14 al 15 de abril de 1912, evidenció errores como que los radiotelegrafistas de la Marconi Wireless, Phillips y Bride, al estar ocupados cursando los mensajes del pasaje, no escucharan los mensajes de los mercantes SS Mesaba y SS Californian alertándoles de la existencia de bloques de hielo en la ruta que seguían. Además, al ser personal externo, aquellos operadores no estaban integrados con claridad en la cadena de mando del buque y carecían de unos protocolos claros para mantener constantemente informadas a una o más estaciones costeras, al Capitán Edward John Smith (1850-1912), ni el proceder ante semejante situación, como el uso del mensaje de socorro SOS frente al código CQD… A pesar de todo, gracias al heroico operador John George Phillips (1887-1912) se logró salvar más de 700 de vidas.
Volviendo a la red radiotelegráfica de la Compañía Nacional de Telegrafía sin Hilos, las sospechas del Cuerpo de Telégrafos se cumplieron, y aquella arquitectura radial permitía prescindir de ellos y facilitaba a la Compañía Nacional competir libremente como un operador de telegrafía autónomo. En este sentido, en julio de 1912, la citada Compañía Nacional de Telégrafos sin Hilos consiguió del Gobierno una autorización para poder abrir en las ciudades oficinas de atención al público para el envío y recepción de telegramas. El propio Guillermo Marconi se implicó personalmente y, en su visita a Madrid en mayo de 1912 deslumbró al Rey, al Gobierno y todas sus élites y, en general, a toda la sociedad española que ensalzaba su figura como el inventor de la radio, y la persona que había salvado a cientos de personas tras el naufragio del Titanic…
Conferencia Internacional de Radiotelegrafía de 1912
Durante los meses de junio y julio de 1912 tuvo lugar en Londres la Segunda Conferencia Internacional de Radiotelegrafía. Esta Conferencia estuvo marcada por el desastre del Titanic y puso el acento en la seguridad marítima y en los protocolos que se debían seguir en cada estación radiotelegráfica. Entre los acuerdos ratificados destaca la obligación de establecer turnos de guardia en buques y estaciones radiotelegráficas para asegurar la vigilancia constante. Además, se fijó la longitud de onda de 600 metros como canal preferente para realizar llamadas de emergencia y de socorro, y que estas estuvieran precedidas del mensaje de socorro SOS para tener prioridad absoluta frente a otras comunicaciones. También quedaba universalizada la neutralidad de la red radiotelegráfica y la interoperabilidad entre equipos, estando obligadas todas las estaciones a atender cualquier mensaje de socorro sin importar el operador, su sistema y fabricante.
Otro compromiso alcanzado en Londres fue la regulación de la capacitación de los radiotelegrafistas, y que ésta estuviera bajo el control de cada uno de los estados firmantes a través del establecimiento de Escuelas Oficiales. En el caso español, para cumplir con esta obligación, recayó en el Cuerpo de Telégrafos la responsabilidad de poner en marcha la Escuela General de Telegrafía en junio de 1913. A partir de este momento, para que cualquier telegrafista pudiera ejercer en una red civil, tenía que cursar estudios en ella truncando levemente las ambiciones monopolísticas de la Marconi Wireless (Malestar del Cuerpo de Telégrafos en 1920).
En sus inicios, el plan de formación de esta Escuela General de Telegrafía constaba de tres módulos, en el primero de ellos se cubrían los conocimientos elementales de telefonía, telegrafía y de radiotelegrafía. Tras este curso se podía optar al siguiente módulo para ingresar en el Cuerpo de Telégrafos. Si se superaba esta formación, es decir, si el candidato ya era Oficial de Telégrafos, podía acceder al último módulo de Estudios Superiores para la obtención del título de Ingeniero. En la colección podéis consultar parte de la cartilla que seguían los estudiantes de la Escuela General de Telegrafía. De ella he recogido los esquemas dedicados al estudio de los fundamentos de telefonía, sistema Siemens, Western Electric, Kellogg y Ericsson, el sistema telegráfico Hughes dúplex Santano, telegrafía submarina, estación radiotelegráfica Telefunken, Marconi, sintonizador Marconi, aparato múltiple Baudot y manipulador Baudot de Mierich-Siemens. [Continuará].
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La radio en España. Pioneros (1)
noviembre 2, 2024 on 1:15 pm | In colección, hist. fotografía, radio, tv y vídeo, hist. telecomunicaciones | Comentarios desactivados en La radio en España. Pioneros (1)Adolfo García Yagüe | La invención de la radio es uno de los logros más importantes del progreso de la humanidad. Aquellas primeras trasmisiones que cruzaron el Canal de la Mancha o, en el caso español entre Tarifa y Ceuta, trasformaron radicalmente el siglo que comenzaba y fueron el origen de una revolución aun mayor dominada por la electrónica y las telecomunicaciones. En la actualidad, más allá de algún aficionado y estudioso en la materia, pocos conocen como comenzó esta historia. Por este motivo, en esta serie de textos, intentaré resumir lo qué pasó en nuestro país hace más de 100 años. Os pido disculpas por los posibles errores cometidos, apreciaciones equivocadas y omisiones que echéis en falta.
Julio Cervera Baviera
Como no podía ser de otra forma, este recorrido comienza recordando la figura del comandante Cervera, protagonista indiscutible de los primeros instantes de la radiocomunicación en España. Julio Cervera Baviera (1854-1927), natural de Castellón, ingresó en el Ejército en 1874 y años más tarde pasó a la Academia de Ingenieros del Ejército en Guadalajara. Entre los años 1884 y 1887 realizó diferentes viajes expedicionarios por el interior de Marruecos donde comprobó la importancia de mantener contacto con las plazas españolas. Fruto de aquella necesidad, dirigió su atención hacia las noticias que relataban que un desconocido Guillermo Marconi (1874-1937) había logrado establecer una comunicación telegráfica entre dos puntos distantes a través del éter. Por esta razón, en 1899 el ejército encomendaría a Cervera la misión de viajar a París y Londres para conocer más detalles sobre la técnica empleada por Marconi y su aplicabilidad militar. No olvidemos que, en aquel momento, para satisfacer las comunicaciones telegráficas con la península se desplegaban costosos cables submarinos, como el efímero y primer cable entre Algeciras y Ceuta (1858), Jávea e Ibiza (1861) y Cádiz con Tenerife (1883).
Tal fue la impresión de Cervera que, a su regreso a España, imagina la aplicación de telecontrol gracias a la novedosa comunicación inalámbrica. También desarrolla algunas mejoras sobre lo visto en Londres, como un sistema manipulador que permite incrementar la velocidad de los despachos telegráficos. Este entusiasmo contará con el respaldo del Ministerio de la Guerra, que le designa para llevar a cabo las pertinentes pruebas prácticas y localizar los emplazamientos más adecuados para poner en marcha las primeras estaciones de radiotelegrafía. Fruto de aquel encargo y debido a la importancia de las ciudades de Ceuta y Melilla, la conexión de radio más simbólica fue la establecida entre Tarifa y Ceuta en 1901. Recordar que en aquellos años España todavía mantiene su presencia en el Golfo de Guinea y la tensión con Marruecos iría en aumento (Guerra del Rif, Administración del Protectorado Español, etc.) por lo que será estratégico contar con un sólido canal de comunicación con la península.
Isidro Calvo Juana
Como es fácil intuir, Cervera acaparó la atención de las crónicas de la época y llegaría a convertirse en la cara visible de los primeros avances radiotelegráficos, pero, es justo recordar que sus trabajos fueron posibles gracias a la abnegada contribución de decenas de miembros del Cuerpo de Telégrafos y del Ejército, como los tenientes de Ingenieros Antonio Peláez Campomanes y Tomás Fernández Quintana. Otro ejemplo de este objetivo compartido dentro del Ejército es la publicación, en junio de 1900, del libro titulado Aplicaciones de las Oscilaciones Hertzianas, Telegrafía y Telefonía sin hilos conductores, por Isidro Calvo Juana (1861-1928), capitán de Ingenieros y profesor de la Academia de Ingenieros de Guadalajara.
Habitualmente esta publicación es considerada la primera en ser editada sobre estos temas en España e, imaginamos, que no pasó desapercibida para Cervera y el resto. En este volumen, por ejemplo, se describe en detalle el sistema de Marconi y se explican algunas contribuciones esenciales como la teoría de Maxwell, o las experiencias de Herz, Lodge, Branly, Popov y Tesla. Además, se enumeran los ensayos que han sido documentados hasta la fecha siendo, por este orden, el de Popov (Rusia, 1895), Marconi (Experiencias en Italia, Reino Unido y Francia entre los años 1896 y 1899) y Cervera junto a personal del Batallón de Telégrafos en presencia de SS.MM. el Rey Alfonso XIII y su madre, la Reina Regente (en Madrid, 1899), indicando además que Cervera emplea “el sistema Marconi, algo modificado”.
Leonardo Torres Quevedo
En este repaso histórico tampoco podemos dejar de mencionar al insigne cántabro D. Leonardo Torres Quevedo (1852-1936) quién, en 1903, presentó el Telekino ante la Academia de las Ciencias de París. El Telekino fue el primer sistema experimental que permitía el guiado remoto de una embarcación. Ya hemos dicho que esta aplicación de la radiofrecuencia fue imaginada antes por el comandante Cervera e, incluso, el capitán Calvo la consideró en un artículo fechado en 1901, pero fue Torres Quevedo quién ostenta la primicia como así se refleja en su patente del 1 de diciembre de 1903.
El Telekino fue consecuencia de los trabajos que venía desarrollando Torres Quevedo con sus dirigibles. D. Leonardo vio en la radiofrecuencia un auxilio para que, ante un accidente en los vuelos de prueba de aquellas aeronaves, no peligrara la vida de ningún piloto. Con esta idea básica avanzó en la construcción del Telekino contando con la colaboración de M. Rochefort, experto en radiotelegrafía y del Laboratorio de Mecánica de la Sorbona de París. El Telekino era capaz de interpretar un conjunto de señales morse con las que se gobernaba remotamente el cambio de velocidad (marcha adelante, atrás, velocidad, parada), dirección (rumbo recto o viraje pequeño, mediano y máximo a la izquierda o derecha) y saludo de bandera. Incluso también se contemplaba la parada de emergencia ante la perdida de la conexión radio.
El Telekino fue objeto de numerosas demostraciones entre las que destaca Bilbao en 1905, Madrid en 1906 (lago de la Casa de Campo) y, de nuevo, Bilbao en septiembre de 1906 ante S.M. el Rey Alfonso XIII. Como era menester, en estas presentaciones se contaba con la presencia de miembros del Ministerio de Marina y, a través de estos, se avaló repetidamente el potencial del Telekino para el control remoto de embarcaciones y torpedos, pero, por esas razones que solo los españoles comprendemos, no se materializaron en nada, salvo indiferencia y olvido. También en 1906, tras sufrir este desengaño patrio, Torres Quevedo conoció los ensayos que hizo el francés M. Davaux con un aparato similar al Telekino e inició un vano intercambio de correspondencia con la Societé Internacionale de Electriciens para reivindicar su invención.
Matías Balsera Rodríguez
También es común atribuir la invención del citado control remoto a Matías Balsera Rodríguez (1883-1952) quien, entre el periodo 1905 y 1908, realizó numerosas demostraciones, incluida la obligada ante su S.M. el Rey Alfonso XIII el 3 de abril de 1907 en Cartagena. Su aportación más relevante, frente a la idea de Torres Quevedo, tenía que ver con la protección del canal de comunicación radio, poniendo de manifiesto lo vulnerable que este puede ser frente a la escucha no autorizada, suplantación o interferencia del adversario.
Natural de Huelva, Balsera inició su actividad profesional en el Cuerpo de Telégrafos en 1904. A partir de aquellos años empieza a ganar cierta notoriedad tras impartir pequeñas conferencias donde divulga los principios de la tecnología radio presentando algunas experiencias e invenciones que, como aficionado, ha desarrollado en este campo. En este sentido, su vida estuvo marcada por la invención constante, tanto de nuevas aplicaciones de las radiocomunicaciones como de mejoras sobre las tecnologías existentes. Lamentablemente, Balsera vivió en unos tiempos convulsos en un país refractario a toda novedad que nace fuera del perímetro oficial. También, a diferencia de otros países, en España no existía un tejido empresarial capaz de valorar adecuadamente sus ideas y defenderlas, y algo tan esencial como promocionar y comercializar aquellas innovaciones por lo que todo su esfuerzo apenas tuvo repercusión más allá de numerosas demostraciones y notas de prensa que convirtieron, por cierto, a D. Matías en una autoridad respetada y popularmente reconocida.
Es importante destacar que, al revisar ciertos textos de la época que mencionan a Balsera, e incluso algunos artículos actuales, se encuentran afirmaciones incorrectas o, al menos, exageradas. Por ejemplo, en esas notas de prensa se indica que el sistema de telecontrol cuenta con un sintonizador de su creación, dando por sentado que el circuito de sintonía ha sido inventado por el propio Balsera. Lamentablemente, esto no es exacto y se ha ido perpetuando a lo largo de los años. Recordemos que la patente del sintonizador corresponde a Marconi y tiene fecha de 1900. Es más, aquella patente número 7777 fue objeto de disputa porque se inspira en un circuito anterior patentado por Oliver Joseph Lodge (1851-1940) en 1898. Por otro lado, por lo prematuro de la fechas -al no existir tubos termoiónicos- parece complicado que, con los medios disponibles, Balsera hubiese inventado un tipo de heterodinación o codificación especial del canal radio. Quizás su solución se basaba simplemente en enmascarar la comunicación alterando la duración de los pulsos morse que corresponden al punto y la raya y, evidentemente, trabajando en una frecuencia específica gracias a un sintonizador.
En mi opinión, malentendidos similares a éste fueron consecuencia de notas de prensa y artículos escritos con buena intención, pero carentes de criterio técnico, como aquellos que relatan el logro conseguido por Balsera al establecer una Comunicación radio con un tren en marcha (1906) o la invención de un Telégrafo portátil sin pilas (1910). Por esta razón, os ruego que me permitáis ser cauteloso para evitar tropezar y repetir afirmaciones exageradas por lo que comentaré, únicamente, unas pocas referencias que ilustran a la perfección la capacidad y el espíritu de Matías Balsera. Todas ellas corresponden a la segunda década del siglo pasado, después de su regreso a España, tras permanecer en Inglaterra entre de siete y diez años, según las fuentes que se consulten.
La primera aportación que he querido recoger se publicó en El Telégrafo Español en el número de junio de 1921. El Telégrafo Español era una prestigiosa revista publicada por y para profesionales afines al Cuerpo de Telégrafos. En ella se detalla la presentación que hace Balsera de un equipo de su invención que mejora significativamente las prestaciones del sistema Hughes al estar basado íntegramente en elementos eléctricos, no mecánicos, como eran aquellos telégrafos. Los Hughes tradicionales, a diferencia del telégrafo clásico, contaban con un teclado alfanumérico -similar al de un piano- y eran capaces de imprimir caracteres en lugar de puntos y rayas, pero, precisaban de una sincronización previa entre ambos extremos. A pesar del potencial de este sistema Hughes mejorado, ya que en aquellos momentos el sistema Hughes tradicional era ampliamente usado en la red española, este no mereció el interés del Cuerpo de Telégrafos, siendo recordado este hecho como un desprecio hacia Balsera. En mi opinión, y sin pretender ser categórico, es importante tener en cuenta que, aun siendo un buen invento aquel equipo Hughes mejorado de Balsera, en aquellos años el sistema Hughes estaba técnicamente superado por los sistemas Baudot y el uso de terminales mecanográficos como, por ejemplo, el de Siemens, que terminaría imponiéndose frente a los manipuladores tradicionales y teclados tipo piano. Por otro lado, hay que destacar que ambas tecnologías ya eran objeto de estudio en la Escuela General de Telegrafía. Por este motivo, quizás, Telégrafos no estaba interesado en la adopción de un equipo -más moderno, eso sí- que lo único que hacía era extender la vida de un sistema en retroceso: El Hughes.
Radiodifusión según Balsera: El Palacio de Comunicaciones es el
centro de la Red y reúne los contenidos producidos en diversos lugares
Otro de hecho que quiero citar, a propósito de una entrevista publicada en el diario El Sol en noviembre en 1922, es la visión de D. Matías de cómo debería ser concebido el servicio de radiodifusión. En esta interviú se resume a grandes rasgos su propuesta de Broadcasting que -según él- debe ser un servicio prestado desde el Cuerpo de Telégrafos para el bien social. Es decir, un servicio prestado por una institución nacional donde no cabe la iniciativa privada o extranjera cuyo objetivo es, normalmente, comercial. En estas líneas también se percibe el agudo resentimiento de Balsera hacia la institución a la que pertenece, el Cuerpo de Telégrafos, diciendo que “Me fui al extranjero porque la oposición que a todo lo mío declararon ciertos jefes de la Dirección General de Telégrafos, creando una atmósfera desfavorable alrededor de los directores generales, en perjuicio de mis proyectos, me hicieron la vida imposible y tuve que emigrar porque yo no sé ganar mi sueldo sentado ante una mesa copineando despachos”.
Por otra parte, en 1925, aquel prolífico Balsera publicaría el libro titulado Radiotelefonía. En los primeros capítulos de este volumen se exponen los principios básicos de la electricidad y de la teoría electromagnética y concluye con un amplio estudio del tubo termoiónico donde detalla los circuitos más comunes. A pesar de los años transcurridos, este es un libro que merece ser tenido en cuenta por su contenido inicial, que es plenamente válido, y está escrito desde el rigor técnico sin abusar de adornos literarios. Tristemente, en sus páginas finales, Balsera no puede reprimir ese resquemor que aún mantiene con las instituciones y la poca iniciativa técnica nacional.
Por último, en 1930 presentó un dispositivo pensado para ser instalado en los convoyes de ferrocarril y detectar la presencia de un tren circulando en sentido contrario en la misma vía. El citado equipo, al advertir la colisión inminente de ambas unidades, paraba la marcha de cada tren para evitar una catástrofe. Se llegaron a realizar ensayos prácticos -y satisfactorios- en el tramo de línea férrea que une Durana y Vitoria, pero, lamentablemente, aquel invento tampoco cristalizó en un producto comercial.
Antonio Castilla López
Acabamos este repaso recordado a la persona que protagonizó en España la transición desde la radiotelegrafía a la trasmisión de la voz o, como se decía entonces, radiotelefonía. Además, fue el auténtico pionero de la radiodifusión en nuestro país y, para colmo de logros, es el individuo que importó los primeros audiones para, más tarde, fabricarlos en Madrid.
Antonio Castilla López (1886-1965) nació en Cádiz. Por algunos datos que he leído y he contrastado en diversas fuentes, provenía de una familia bien relacionada en su ciudad de origen, Jerez de la Frontera. Este detalle, aunque pueda parecer trivial, explica alguno de los contactos y apoyos que tendrá más adelante como, por ejemplo, el de Francisco Moreno Zuleta, Conde de los Andes (jerezano); Miguel Primo de Rivera, futuro jefe del gobierno (jerezano) e importantes empresarios, como Rufino de Orbe y Morales.
Castilla ingresa en el Cuerpo de Telégrafos en 1904, unos meses antes que Balsera. Más allá de alguna noticia de la época que los relaciona durante el trascurso de una demostración del telecontrol de Balsera, hay pocas señales que indiquen que esta relación se mantuviese en el tiempo. Menos aún, como se suele afirmar, que Castilla fuese el ayudante o discípulo de Matías Balsera. De hecho, ambos seguirán caminos diferentes pues Castilla, en 1906, es destinado a Barcelona y permanece allí hasta 1913. Durante aquellos años su prestigio va en aumento y se convierte en un referente técnico llegando a ejercer como profesor de electricidad aplicada en un centro privado llamado Escuela de Ingenieros de Sarriá.
A pesar de ser un simple telegrafista, como él mismo se definía, el Cuerpo de Telégrafos le concedió una beca para que pudiese viajar a París, Roma, Berlín, Londres y, finalmente, a Estados Unidos en 1916. En aquellos viajes conoció como el triodo de Lee De Forest (1873-1961) supondrá un antes y un después en las comunicaciones por radio. Por aquel motivo, en su viaje a EE.UU., contactó con Lee De Forest e inició con él una relación comercial que le autorizaba a diseñar y comercializar en España equipos de radio con audiones De Forest y, posteriormente, fabricar estos triodos. Se cree que la contrapartida económica con la que Castilla sedujo a Lee De Forest partía del Conde de los Andes. Con semejante aval, Castilla no tardó en convertirse en un referente en nuestro país gracias a la tecnología de los tubos termoiónicos y, con el apoyo de Rufino de Orbe y Morales, fundó la Compañía Ibérica de Telecomunicación en 1916.
Rápidamente, también gracias a sus contactos, el Ejército contó con él para probar las capacidades de los novedosos audiones en sus estaciones de Carabanchel y El Pardo. Para ello, Castilla adaptó los equipos de radiotelegrafía Telefunken allí existentes para convertirlos en emisoras de radiotelefonía. Otro de los encargos institucionales le llegó de la Dirección General de Telégrafos quién le encomendó la instalación de la nueva emisora (adquirida en 1917 y basada en tubos termoiónicos) en el futuro Palacio de Comunicaciones, cuya inauguración estaba prevista en 1919.
La Gran Guerra provocó que las empresas que fabricaban equipamiento de radio o que controlaban estaciones de radiotelegrafía fuesen intervenidas por sus respectivos gobiernos. Este parón provocó el abandono de mercados dependientes tecnológicamente, como era el español. Por esta razón, hasta los primeros años de la segunda década, la Compañía Ibérica de Telecomunicaciones gozó de un corto, pero favorable, periodo comercial como atestiguan las importantes referencias cosechadas en la Armada o en el Cuerpo de Telégrafos. También, en aquellos años, tendrá lugar la primera radioemisión pública de España, realizada por Antonio Castilla, en la Universidad de Valencia con motivo de la conferencia que allí impartió bajo el título “La física del tubo electrónico” el 22 de abril de 1920.
Como hemos comentado en otros textos, en 1920 tienen lugar en EE.UU. las primeras emisiones radiofónicas dando comienzo un nuevo ciclo donde aflorarán nuevas oportunidades comerciales para la fabricación de receptores y emisoras de radio. Por otro lado, el desabastecimiento del mercado español aludido anteriormente, dejará paso a numerosas empresas nacionales y extranjeras que buscan hacerse (o recuperar) su hueco. Esta coyuntura empujó a Ibérica de Comunicaciones a explorar mercados inexistentes en nuestro país, como el de la fabricación de receptores de onda media para el público común y la radiodifusión “alegal” a través de la emisora Radio Ibérica para, así, fomentar la compra de sus equipos. Estamos en 1924. [Continuará]
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El receptor superheterodino
agosto 29, 2024 on 4:29 pm | In colección, hist. fotografía, radio, tv y vídeo | Comentarios desactivados en El receptor superheterodinoAdolfo García Yagüe | En la Primera Guerra Mundial se comprobó como el uso de las telecomunicaciones representaba una ventaja en el escenario bélico, por esta razón, para contrarrestar o aprovecharse de las comunicaciones por radio que hacía el enemigo, asistimos a los albores de la guerra electrónica. Aunque existen antecedentes en la confrontación que tuvo lugar entre Rusia y Japón (1905-1906), y también en la guerra ítalo-turca (1911-1912), es en la Gran Guerra donde se inicia esta doctrina militar teniendo presente, además, que el término “electrónica” acababa de nacer y hace referencia al control que se hace de los electrones dentro del tubo termoiónico o triodo (1907).
Escuchar las trasmisiones del adversario y adelantarse a sus movimientos teniendo en cuenta sus comunicaciones, ocultar estas, descifrar mensajes, la radiogoniometría o la identificación de la posición del rival a partir de sus emisiones, perturbar sus frecuencias de comunicación o, guiar hacia objetivos -en noches cerradas- a los torpes dirigibles alemanes que pretendían emplearse como bombarderos, fueron algunas de las primeras misiones de los ingenieros de trasmisiones. Uno de aquellos ingenieros fue Edwin Howard Armstrong (1890-1954) quien, en 1917, tras la entrada en la Gran Guerra de EE.UU. sirvió con el grado de Mayor en el legendario Signal Corps y, cuya misión conocida, fue la de rastrear las comunicaciones del enemigo.
El joven Armstrong llegó a Europa avalado por su experiencia en el mundo de la radio tras inventar el circuito regenerativo y, mientras estaba destinado en París, su principal ocupación fue mejorar la sensibilidad y selectividad de los equipos para lograr la escucha de las comunicaciones alemanas emitidas en alta frecuencia. Recordemos que los primeros triodos tenían dificultades para amplificar señales superiores a 3 megahercios (100 metros). Evidentemente, esta limitación también era sufrida por la parte contraria y condujo en 1919 a la invención del tetrodo por el alemán Walter Schottky (1886-1976).
La línea de trabajo de Armstrong se basaba en el fenómeno de heterodinación o la mezcla de dos señales de frecuencia diferente de la que resulta una tercera de frecuencia inferior. Este comportamiento era conocido y el primer intento en aplicarla a las comunicaciones inalámbricas fue hecho en 1901 por Reginald Aubrey Fessenden (1866-1932). Años más tarde, Lucien Lévy (1892-1965), quién en 1917 era el responsable del laboratorio de radio telegrafía militar situado a los pies de la Torre Eiffel, trabajó con la heterodinación con el fin de ocultar una señal de audio fuera del rango audible y, posteriormente, modular una portadora de alta frecuencia. Por su parte, Armstrong avanzó en la idea de bajar la frecuencia de una emisión del enemigo a una región intermedia que fuese fácilmente amplificable con los triodos disponibles. Por último, hay que recordar que, en el bando contrario, estas ideas también estaban en la cabeza del citado Schottky y de Alexander Meissner (1883-1958).
En noviembre de 1918, tras la firma del Armisticio de Compiègne, se daban los primeros pasos para poner fin a la primera contienda mundial y nuestros protagonistas se apresuraron en patentar las aplicaciones desarrolladas en torno a la heterodinación. Armstrong fue el primero en obtener la patente en EE.UU. el 30 de diciembre de 1918 y, cuyos derechos explotación, serían vendidos a la Westinghouse en 1920. Meses antes, también en 1918 y en Alemania, a Schottky se le había concedido una patente. Por su parte, Lévy ya había presentado una solicitud de patente en 1917 en Francia y argumentaba que Armstrong le había robado el concepto mientras estuvo destinado en París… En este sentido, parte de sus reivindicaciones fueron reconocidas en EE.UU. y, a pesar de estas diferencias, Lévy ya había alcanzado un acuerdo con la AT&T lo que allanaba el camino para que la Radio Corporation of America (RCA) pudiera comercializar un futuro receptor superheterodino con las patentes de Westinghouse y los derechos que controlaba la AT&T. Recordemos que en sus comienzos la RCA es una sociedad en la que participaban General Electric (GE), AT&T y Westinghouse con sus respectivas patentes en tecnología radio además de aportar sus capacidades industriales, como las de GE, para la fabricación del equipo que nos ocupa.
RCA Radiola Superheterodyne AR-812
Aunque en 1920 el concepto de la heterodinación estuviese claro, la realización práctica de un receptor con fines comerciales quedaba distante. Como hemos comentado en textos anteriores, en aquellas fechas todavía no se había desarrollado el servicio de radiodifusión que hoy conocemos y, fabricar un equipo doméstico que funcionase con más de dos o tres triodos era impensable. Estos motivos permitieron a Armstrong y a su ayudante, Harry William Houck (1896-1989), contar con unos años para ir perfeccionando el circuito de heterodinación, ajustar la cantidad de triodos empleados, optimizar el consumo eléctrico y que, aquel futuro receptor, fuese fácilmente sintonizable.
Como explicábamos, la ventaja más evidente de la heterodinación es que permite amplificar frecuencias fuera del rango de operación del triodo cuando la señal que se pretende escuchar es trasladada a una frecuencia inferior, es decir mejora la Sensibilidad del receptor. Es importante destacar que esta frecuencia de destino siempre será la misma y la llamaremos Frecuencia Intermedia (FI). En el empleo de esta FI reside otra de las ventajas de la heterodinación al permitirnos utilizar unos transformadores de acople optimizados solo para esa frecuencia intermedia en lugar de para una banda completa como, por ejemplo, la de onda media. Esta optimización de los transformadores para “dejar pasar” una única frecuencia (FI) lleva consigo que las siguientes etapas de amplificación solo amplificarán la emisora que está siendo trasportada en esta FI, es decir, hemos incrementado la Selectividad.
El primer receptor comercial superheterodino que diseñaron Armstrong y Houck fue el RCA Radiola Superheterodyne AR-812 (1924) y, repasando su circuito, identificamos sin dificultad un oscilador local, elemento clave de un circuito heterodino (ver zona de triodo T2). Este oscilador genera una frecuencia que puede ser modificada a través del condensador variable C3, etiquetado como Station Selector II. En el caso del AR-812, se genera esta frecuencia de heterodinación a partir del segundo armónico de la frecuencia fundamental (ver Wikipedia). En este triodo T2 también se produce la mezcla entre la frecuencia de la emisora a escuchar y la frecuencia de heterodinación y, cuyo resultado, es una resta de frecuencias igual a la Frecuencia Intermedia (FI). Por lo tanto, T2 está funcionando en modo réflex o dúplex al desempeñar dos funciones.
Ahora dirijamos nuestra atención al comienzo del circuito. Allí, tras captar la emisora deseada a través del circuito de sintonización y su condensador variable C1 denominado Station Selector I, entregamos la señal de radiofrecuencia (RF) a T1 donde es amplificada junto con la señal FI procedente de T2. Como podemos apreciar, este triodo también trabaja en réflex para lo cual se apoya en el trafo A2 que únicamente permite el paso de la FI, y el condensador C2 sólo RF. A continuación, desde T1 parten dos señales, pero el trafo A1 solo permitirá el paso de RF mientras que la señal de FI solo podrá recorrer su primario para llegar hasta el trafo A3 que está ajustado para permitir únicamente el paso de la FI al triodo T3 donde es amplificada.
Al igual que en la etapa previa, A4 solo permite el paso de la FI a T4 que actúa como detector para extraer la señal de audio. A continuación, A5 solo permite el paso de la señal de audiofrecuencia para ser amplificada en T5 y, de igual forma, en A6 y T6. Tras estas etapas ya estamos en condiciones de reproducir la señal en unos auriculares o altavoz, respectivamente.
A tratarse de un diseño que se apoya en las capacidades réflex, el AR-812 cuenta con 6 triodos en lugar de 8. Estos triodos son del modelo UV-199, que fue diseñado y fabricado por General Electric, pero etiquetado y comercializado como RCA Radiotron. Estos triodos eran de lo mejor que en aquel momento se podía utilizar en un equipo de consumo. Su corriente de filamento era de solo 0.06 amperios y 3 voltios, y su tensión de placa se situaba en 45 voltios para detección y 90 voltios como amplificador. Por este motivo, con sus 86 centímetros de largo y cerca de 20 kilogramos de peso, el AR-812 se posicionó como un equipo “portable” ideal para ser alimentado con baterías.
Ahondando en las interioridades del AR-812 diremos que tiene una antena de cuadro integrada lo que facilita la citada portabilidad, unos condensadores variables, etiquetados como Station I y II, reóstatos para el control de volumen y amplificación y… poco más… RCA se preocupó en ocultar los detalles de este equipo frente a la competencia. Para ello construyó el equipo alrededor de una caja de metal, o catacumba, donde se conectan los mencionados triodos y, en su interior se ocultan los transformadores de acople sumergidos en una capa de resina.
Volviendo a los condensadores variables que están a la vista, el ajuste de este equipo se inicia con el giro de Station Selector I. Recordemos que con este control sintonizamos la emisora que queremos escuchar, por lo tanto, tenemos que situarlo en el punto donde creemos o sabemos que se está emitiendo (por ejemplo, en el 25 del dial). A continuación, nos dirigimos a Station Selector II y lo fijamos a una posición próxima a 25 (15, por ejemplo) y, suavemente, giramos en sentido del reloj y, al aproximarse a 25, empezará a recibirse la emisora deseada. En resumen: lo que hemos hecho es fijar la frecuencia de la emisora a escuchar (Selector I) y, a continuación, hemos ido modificando la Frecuencia Intermedia (Selector II) hasta que esta ha sido compatible con los trasformadores A2, A3 y A4.
La calidad de la recepción ofrecida por el RCA Radiola AR-812 era inmejorable y, a pesar de contar con un oscilador interno, no generaban las mismas interferencias que los regenerativos ya que el usuario solo actuaba sobre la frecuencia heterodina (Selector II), no en su amplitud, permaneciendo está muy baja. Como dato curioso y para hacernos una idea de esta calidad, su precio en 1925 era de 269 dólares y, ese mismo año, un coche Ford T costaba 260 dólares.
Los otros superheterodinos
La adopción a esta tecnología por parte del resto de fabricantes fue gradual y, quizás, esta lentitud tuvo que ver con el estricto control que hizo la RCA sobre sus patentes. Digo esto porque sorprende, por ejemplo, ver como Radio Stanislas, un pequeño fabricante francés, presentó un equipo superheterodino en 1927, pero, a la vez encontramos que en 1930 Philips seguía produciendo equipos, como el costoso (y pesado: 21,5Kg) Modelo 2511, basados en amplificación tradicional, eso sí, con tetrodos.
De lo que no cabe ninguna duda es que pocos inventos han tenido una longevidad similar a la heterodinación permaneciendo, aun hoy, en la base de la mayoría de receptores de radio ajena al cambio que supuso pasar de tubos de termoiónicos a transistores y, posteriormente, a circuitos integrados y, sin importar tampoco, si la modulación está basada en amplitud (AM) o en FM (frecuencia).
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Receptor réflex De Forest D-10
agosto 3, 2024 on 5:39 pm | In colección, hist. fotografía, radio, tv y vídeo | Comentarios desactivados en Receptor réflex De Forest D-10Adolfo García Yagüe | Al comienzo de la segunda década de Siglo XX, mientras decenas de fabricantes se apresuraban en adquirir de la Westinghouse una licencia que les autorizase a fabricar y comercializar un receptor regenerativo, Lee De Forest (1873-1961) tenía las puertas cerradas a esta innovación. La razón, a modo de escarmiento, era consecuencia de su intento de reivindicación años atrás de la patente de Edwin Howard Armstrong (1890-1954). Por otro lado, también a raíz de su disputa con John Ambrose Fleming (1849-1945) y su representada la Marconi Wireless, y tras saltarse el acuerdo que le obligaba a informar de la contabilidad relativa a la venta de triodos, una sentencia le impedía fabricar audiones hasta noviembre de 1922, momento en el que expiraba la patente del diodo termoiónico de Fleming.
Para intentar romper el bloqueo en el que se encontraba, la De Forest Radio Telephone & Telegraph comercializó algunos receptores que podían ser fácilmente reconvertidos en regenerativos mediante pequeños cambios hechos por el usuario. Aquella argucia no tardó en chocar con la justicia y no prosperó. Otra maniobra fue adquirir en 1922 la compañía Radio Craft y hacer uso de su licencia para fabricar equipos regenerativos. Una vez más los abogados de la Westinghouse salieron al paso recordando que estas licencias no eran trasferibles. Afortunadamente, tras la compra de Radio Craft se mantuvo en su puesto a su fundador Frank M. Squire quien, para eludir las repetidas obstrucciones, propuso diseñar un receptor de radio totalmente diferente a lo conocido y basado en triodos Audion.
La propuesta de Squire era desarrollar un receptor de gran capacidad de amplificación y, a la vez, emplear pocos triodos en su diseño. Para ello recurrió a los servicios de William H. Priess quien, durante su estancia en la US Navy, trabajó en un circuito de un único triodo con el que se amplificaban simultáneamente dos señales de frecuencia diferente (radiofrecuencia y audio). Esta técnica de amplificación se conoció como réflex o dúplex y se basaba en la amplificación lineal que ofrece el triodo en ambas regiones: alta y baja frecuencia. Realmente, esta idea ya había sido presentada por los alemanes Wilhelm Schloemilch (1870-1939) y Otto von Bronk (1872-1951) en una patente de 1914 y, posteriormente, fue mejorada en 1917 por el francés Marius Latour.
De Forest D-10
Este equipo fue presentado en Nueva York en marzo de 1923 y empleaba cuatro triodos audion DV-2 (filamento 5V y 0,25A) o DV-6 (6V y 0,75A). En cambio, si se pretendía ahorrar baterías y ganar en portabilidad, se recomendaba el uso de triodos DV-1 (1,5V y 0,2A). El D-10 era una evolución del modelo D-7 de tres triodos DV-1 presentado en octubre de 1922. Por su parte, el D-7A también venía equipado con tres triodos DV-6A (6V y 0,3A) y es de febrero del ‘23.
En los receptores D-7, D-7A y D-10 destaca su antena de cuadro orientable para ganar más selectividad. Esta mejora contrasta con su pobre etapa de sintonía, fiando su capacidad a las diferentes etapas de amplificación radio y a la configuración manual de bandas que se hace mediante la sustitución de sus transformadores radio.
Como se ha comentado, el D-10 cuenta con cuatro triodos que, al tratarse de funcionamiento réflex, se corresponde con 6 etapas de amplificación actuando de la siguiente manera: Tras orientar la antena de cuadro y, simultáneamente, sintonizar la estación deseada mediante los condensadores variables de tuning (ajuste grueso) y vernier (fino), la señal de radiofrecuencia elegida llegará al primer triodo (T1) donde se amplifica y gana en sensibilidad. A continuación, esta señal pasa del primario al secundario del transformador de acople A1 (cuyo núcleo es de aire) y de ahí a la segunda etapa de amplificación réflex T2. Tras esta etapa la señal puede tomar el camino a través de B1 y B2. En nuestro caso, al tratarse de una señal de alta frecuencia, solo se cursará a través de primario de B1 (núcleo aire) y B2, con núcleo de hierro, representa una barrera. A continuación, el triodo T3 (réflex) vuelve a amplificar la señal radio y, a través de C1 (núcleo aire), llegamos hasta el elemento detector que, sorprendentemente, está basado en un cristal de galena. De ahí al primario y secundario de A2 (hierro), mientras que A1 (aire) es una barrera para esta señal de baja frecuencia. En T2 (réflex) la señal de audiofrecuencia también se amplifica y recorre el primario de B1 (trafo de núcleo de aire) pero no logra pasar a su secundario llegando hasta el primario de B2 y su secundario (trafo hierro). De ahí se vuelve a amplificar en T3 (réflex). La salida de esta etapa recorre el primario de C1 y, como se trata de una señal de baja frecuencia, no llega a su secundario. En este punto estaríamos en disposición de hacer una escucha con auriculares, pero, para lograr más volumen y, si el usuario tiene desconectados sus auriculares, se cierra un circuito y se deriva la señal al primario del trafo de acope C2 desde donde la señal de audio es amplificada en el triodo T4 antes de atacar a un altavoz o altoparlante.
La manipulación de este receptor de onda media no era fácil y, a las dificultades de ajuste que supone trabajar con dos controles para la sintonía y otros dos de amplificación, hay que añadir el intercambio necesario de transformadores para fijar la banda de trabajo. Para este propósito el usuario tenía a su disposición un set de cinco trafos y una tabla donde se indicaba la posición que tres de ellos debían ocupar en el circuito en función de la banda deseada. Por último, a estas dificultades había que añadir el uso de un detector de galena y su bigote de gato que, en mi opinión, tenía que ver con alguna de las muchas disputas que tenía abiertas De Forest impidiéndole utilizar un triodo como detector. A su favor, y a diferencia de los receptores regenerativos, el D-10 era un equipo que no generaba interferencias.
En agosto de 1924, tras algo más de un año en el mercado, el D-10 fue modificado por Priess para mejorar el circuito de sintonía de la primera etapa amplificadora y así ganar en selectividad. Aquel nuevo equipo se llamó D-12. Tras acabar su trabajo Priess abandonó la compañía y se aseguró un contrato de pago de royalties por cada unidad vendida. Para ocupar su puesto Lee De Forest contrató a Roy Alexander Weagant (1881-1942) quien prosiguió con los rediseños añadiendo un quinto triodo para funciones de detección y, así, prescindir de la galena (abril 1925). No conforme con estos cambios, y con los almacenes repletos, volvió a rediseñar el D-12 para prescindir totalmente del funcionamiento réflex y así perjudicar a su ahora competidor, Priess… Imaginaros las pérdidas millonarias y la desconfianza que esto generaba entre los vendedores del D-12 y sus clientes, significando, en cierto modo, el declive de De Forest como empresario del mundo de la radio.
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