Esplendor Geométrico en Decibelio 2006 Festival – Fotografías

junio 24, 2006 on 9:42 am | In galería de imágenes, música electrónica | No Comments

La última oportunidad que tuvimos de verles en Madrid fue en julio de 1992 (Conde Duque) y febrero de 1993 (Sala New World). Durante este tiempo nuevas generación de seguidores han aguardado el momento de conocer en vivo a esta mítica formación. Por supuesto, los que ya peinamos alguna cana también anhelábamos el reencuentro. La espera, mereció la pena…

Encuentro con Arturo Lanz en Pekín

agosto 21, 2005 on 3:54 pm | In música electrónica | No Comments

Plácida ye-yé | Es sábado y no para de llover en Pekin. La gente pedalea lentamente protegida con chubasqueros y viseras de plástico. Durante la comida, guarecidos de la lluvia en una agradable cafetería, recuerdo “al de Esplendor Geométrico”, Arturo Lanz, ese personaje mítico que según había leído vive en Pekín. Lo comento en voz alta, y alguien me asegura que le conoceré esa tarde. Una vez más el flujo de la vida va uniendo piezas, conexiones, casualidades…

El primer encuentro se produce en un ambiente extraño, medio solemne / medio festivo. A Arturo le sorprende que conozca a Esplendor. “¿Pero tú cuántos años tienes?” Parece halagado, y un tipo simpático y accesible. Le hago una entrevista rápida e improvisada, mientras nos interrumpen distintas personas. Se deshace de ellos al poco rato diciendo: “¡Déjame, que me están haciendo una entrevista!” “¿De qué, del trabajo?” “¡No, hombre no, de música!”. Me cuenta algunas cosas, nos reímos. Me dice que podemos quedar otro día para hablar con más calma. Me parece genial.

El segundo encuentro se produce después del fin de semana. Voy a buscarle al trabajo, y me lleva a una elegante cafetería con aire acondicionado y mesas con mantel. Sacamos el cuaderno, y grabadora y la Polaroid.

¿Qué vida haces en Pekín?
Pues currar… y estar con el chaval. Tengo 3 hijos, y ahora están todos aquí, así que estoy niñero total… Trabajo, y hago música por la noche.

¿Haces vida social?
Antes más… Bueno, un poco de vida social sí que hago, porque mi mujer y yo tenemos dos restaurantes, uno italiano y otro español, y va bastante gente, pero hago una vida tranquila.

¿Cómo te resulta hacer música desde aquí?
Siempre lo he hecho yo solo, así que no hay ningún problema.

¿Puede que el hecho de estar aquí, un poco desconectado de la movida musical, te ayude a hacer cosas diferentes?
Es que siempre he estado desconectado. Yo me fui de Madrid en el 90, me fui a Palma. Y antes también estaba desconectado, porque hacía oposiciones, y luego estuve en el ejército…

Y qué tipo de feedback recibes, porque habrá gente que te escribirá…
Pues no, porque no doy mi e-mail a nadie. Le escriben a Andres Noarbe, el de la casa de discos, y por ahí me entero, aunque más bien poco. De vez en cuando también me hace gracia meterme en internet y ver qué hay por ahí… qué comentan sobre los discos que hago. Lo hago por curiosidad.

¿Dónde se venden tus discos?
Se venden en muchos sitios, y muy rápido, porque Esplendor Geométrico es un grupo así un poco de culto… Se venden mucho en Tokio, también en Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, España… Desaparecen enseguida porque son objeto de coleccionismo, y también hay gente que sigue la trayectoria del grupo. A mi me da exactamente igual por qué los compran… Yo no tengo mis discos en vinilo, sólo alguno, y ahora te dan una pasta por ellos…

Remontándonos al pasado, creo que los Sex Pistols marcaron tu adolescencia…
Sí, porque nos dimos cuenta de que no pasaba nada si no sabías tocar. Así empezamos, éramos gente inquieta con 15 años… Teníamos un grupo literario muy raro, pero vimos que con la música podíamos hacer más ruido.

¿Teníais esa idea de “háztelo tú mismo”?
No, simplemente lo hacíamos y ya está, lo pasábamos bien, no había ninguna idea preconcebida, al menos por mi parte.

¿Cuál fue tu relación con “la llamada movida madrileña”?
Yo soy de Madrid, del barrio de la Prospe, justo donde empezó todo el mogollón. Al principio solo estaban Kaka de Luxe, y Ramoncín, en el 78 salieron más grupos entre ellos Aviador Dro. Éramos todos amigos, unas 15 personas, y hacíamos cosas juntos y tal. Hasta el 80. Entonces me fui de Aviador Dro, porque estaba harto de cantar allí, y fundé Esplendor Geométrico.

Servando Carballar contaba que en los conciertos de Aviador Dro la gente arremetía contra vosotros con botellas de cristal llenas de arena cuando tocabais “Nuclear sí”. Tú cantabas esa canción, ¿no?
Sí, eso fue en el 79, en fiestas de algún pueblo. Pero después no nos tiraban nada. Yo provocaba mucho, desfasaba mucho, y como era la fiesta de la primavera, aquello estaba lleno de jipis. En realidad la canción era en contra de las nucleares, pero quedaba suficientemente ambiguo, y Servando aprovechó eso. Él era el ideólogo del grupo, y esa es una de las razones por las que me fui. No me gustaba mezclar ideologías en la música o intelectualizar. Lo que al principio era divertido se convirtió en un coñazo, porque siempre tenía que andar pensando en qué iba a decir

¿Cuál fue la primera grabación de EG?
Lo primero fue un tema en un recopilatorio alemán, “Moscú está helado”. Era una especie de transición entre Aviador Dro y Esplendor Geométrico. Luego salió el sencillo de “Necrosis en la polla”, y el LP en el 81…

¿Qué repercusión crees que tuvo tu música?
En España ninguna, pero sí que tuvo mucha repercusión en otros sitios como Holanda, Alemania, Francia, Estados Unidos, Italia… Nos escribieron mucho. Empezamos a hacer cosas y a venderlas fuera.

¿Es cierto que algunas personas dejaron de hablarte por la música que hacías?
Sí, porque íbamos muy radicales… Íbamos en contra de la movida, porque nos parecía que había mucha ñoñería y falsedad, y que no hacían nada nuevo sino que copiaban a otros. Nos dio por ahí… Ahora no lo haría, pero en aquella época me hacía gracia meterme con la gente.

¿Sigues en contacto con alguien de esa época, con algún músico/a?
No tengo contacto con nadie.

¿Y sigues odiando el pop?
No, ya no…

¿Pero odiabas el pop?
Sí, sí, lo odiaba.

Yo soy una chica super pop…
A mi me espantaba el pop…
(Risas)

¿No tuviste ninguna novia pop?
No, no… Pero uno de mis grupos favoritos era Blondie, y más pop que Blondie… Eso era al principio. Después con Esplendor Geométrico fue una radicalización total.

También te espanta todo lo que suene a rollo intelectual…
Sí porque me parece muy aburrido. Hay gente que estudia a Esplendor Geométrico en universidades, y yo no lo entiendo. No hay explicación para la música que se hace.

¿Por qué sigues haciendo música?
Porque lo necesito. No hay ninguna razón, simplemente me gusta y lo necesito. Si no lo hago durante mucho tiempo me entra el mono.

¿Qué máquinas utilizas?
Un Korg, un Wave-station y una caja de ritmos. Junto todos los instrumentos con un cable, y toco botones. No sé tocar. Mi música es azar, yo mismo me sorprendo con los sonidos que obtengo. El proceso de grabación y manipulación posterior me resulta mucho más fácil ahora gracias a los ordenadores.

¿Te interesan otros sonidos más reales, de la calle, de máquinas, etc.?
Eso lo hicimos al principio, pero ahora no. Lo que más me interesa son las voces. Voces que coges y no significan nada, y luego significan algo, simplemente por azar. Yo escucho mi música mientras la hago, puedo estar 40 o 50 minutos con el mismo ritmo, con el mismo tema, pero después de terminarlas no las vuelvo a escuchar, no aguanto los 7 minutos. Son azar, las hago y ya está. Y el “a ver qué tal” me dura 3 días…

Tú lo sigues llamando “música”…
Claro, cómo lo vas a llamar!

Hay gente que lo llama audio…
Me parece un debate inútil, porque qué más da llamarlo música que audio… Ya son ganas de… Yo conozco a Francisco Lopez, que empezó con la música experimental en el 82. Era el hermano de un compañero de instituto, pasaba por casa, y le gustaba lo que hacía yo. Empezó con sus ruidos, y ahora está muy reconocido, da conciertos por todo el mundo.

¿Escuchabas punk a partir del 80?
Es que ya no había punk. Alguna cosa de punk electrónico que no estaba mal, como DAF, por ejemplo, que al principio eran la hostia, los dos primeros LPs están muy bien… Los Clash me parecían una mierda.

Los Clash… ¿una mierda???!!!!
Sí, porque hacían como que cantaban bien, tenían punteos, y eso a mi me espantaba. En cambio los Sex Pistols eran energía pura. Otro grupo que me alucinaba antes de los Sex Pistols eran la Velvet Underground, y me siguen gustando, es uno de mis grupos favoritos, junto con Trobbing Gristle.

¿Y el punk español no te llamaba la atención?
¡Qué punk español!

¿Ni siquiera el RRV, RIP, Eskorbuto…?
Es que no lo escuché en la época, porque son de los 80 avanzados… Yo creo que entonces no había nada más radical que mi música. Pero yo, personalmente, no he sido nunca radical… Si fui teniente del ejército, jeje.

¿Consideras que tienes una doble vida, con tu trabajo y luego tu música?
En absoluto, no lo vivo así para nada. Hay gente del trabajo, amigos, que escuchan lo que hago y me dicen que estoy loco, pero me da igual.

¿Qué te ha parecido Revolución Neolítica?
Pues un fanzine como los de antes. Yo hacía cosas parecidas en el 76, teníamos una revista que no recuerdo como se llamaba. Tambien un “movimiento” que se llamaba Cosmicronismo y era para echarte a reír. En la revista había artículos sesudos, y yo hacía cosas totalmente absurdas, que no tenían ningún sentido. Un poco copia del dadaísmo y tal…

¿Darías un concierto ahora?
Sí claro, he dado muchos.

¿Y qué tal? ¿Te gusta?
Si me oigo bien sí, si no dejo de tocar. Lo importante es pasártelo bien cuando tocas. Como la música que hago es muy visceral, me meto mucho en el rollo y se me va un poco la olla. Soy muy activo, no suelo estar parado con el ordenador y esas cosas. Este otoño volveré a tocar en Tokio. También he tocado mucho en Alemania, Holanda, Bélgica, Francia, Italia, aquí en Pekín… En Pekín tuve que parar a los 6 minutos, porque era la fiesta de cumpleaños de una amiga, y pasado ese tiempo de 200 personas sólo quedaban 20… Supongo que no era el público adecuado.

Para terminar, háblame un poco de China…
¿De China? Pues China está de cojones. Yo si puedo no vuelvo…

¿Y por qué? ¿Qué es lo que más te gusta?
La gente, porque no tiene prejuicios ni tontería. Es gente super natural, y eso es lo que me gusta, la gente… los chinos.

Pero… ¿tú no hablas chino, verdad?
No…

¿Y cómo te las arreglas?
Es que estoy casado con una china, y además te puedes arreglar sin saber chino. Ya llevo aquí 8 años…

Esta entrevista fue publicada originalmente en el número 5 del fancine «Revolución Neolítica”. Ha sido amablemente cedida por su autora, Plácida ye-yé, para la publicación en Resonancias/Ccäpitalia.

Modernidad y techno en Barcelona

noviembre 27, 2003 on 3:14 pm | In música electrónica | No Comments

por Eloy Pardo

I don’t take the pill, to feel the funk
(“No necesito pastillas para sentir la vibración”)
Derrick May

¿Tenemos que producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?
Erich Fromm, La Atracción de la vida

Techno y moda
El techno, denominado de forma más genérica y políticamente correcta como música electrónica, ha tenido una enorme importancia para el advenimiento de nuevos grados de modernidad en todo el mundo. El acceso a la tecnología eléctrica, por muy ínfimo que éste sea, ha dado grandes lecciones musicales, sobretodo en lugares convulsionados, empobrecidos y dependientes en grado sumo de lo que dicta Occidente. Ejemplos: el dub jamaicano, el techno de Detroit, el hip hop del Bronx, el jungle de Londres, el noise de Berlin, etc. Género importante, integrador y progresista en su esencia, directamente ligado con los problemas sociales del mundo, que intenta resolver mediante el concepto de apego vitalista a los sentidos, a la realidad y a la creación, la electrónica ha sido finalmente maniatada por la clase propietaria de la música, en el llamado Occidente. Una clase social que no es otra que la clase propietaria del mayúsculo botín monetario del mundo, gracias al que construye una ideología, la dominante, a través de locales y spots masivamente publicitados, televisiones con mucho poder de expansión, medios de comunicación diversos, leyes protectoras del negocio, unión de trusts de intereses, y partidos políticos nacionalistas en lo patriótico y liberales en lo económico. Una marca con regusto universal con una ideología bien definida, que acoge un partidismo político claro, basado en el consumo de los productos que ofrece ese poder de penetración psicológico llamado capitalismo. Todo un negocio multimillonario. Y una pérdida del sentido musical para la Humanidad.

La subsiguiente adhesión a un logo, a una melodía, a una prenda y a un estilo de vida publicitado, es lo que está llevando a la perdición al techno, como manifestación de una supuesta modernidad de postín. Una versión de la realidad que, por desgracia, todo el mundo asocia con el techno, pero que no es más que la versión “techno” de lo que se ha hecho con otras músicas, otras tendencias y otras imágenes. Una versión tradicionalista del mundo (basado en los valores, juicios y chistes de siempre), aunque con todos los poderes propagandísticos de la época actual, que no son pocos, puestos a su servicio. Lo importante, nos dice la ideología dominante, es el icono. El contenido viene dado inconscientemente, en forma de pensamiento chistoso y-o prejuicioso. Y si no es así, al contenido se le cuelga el sambenito de “político”, como antesala de la indignación criminalizadora o, peor todavía, de la indiferencia ignorante. La mayor parte de los DJ’s, productores de un contenido cultural e ideológico, forman una telaraña ligada a la marca de una discoteca determinada. Discoteca ésta que potencia, a su vez, el surgimiento de más DJ’s clónicos, que aprehenden unos códigos y patrones preestablecidos a través de cientos de programas de radios y televisión. Un trasvase de ideas que no se produce por la educación sino por la alucinación espectacular.

Frente a un panorama fónico, monopolizado por músicas que surgen de las malas escuelas del sistema, la evolución ha sabido crear sus propios canales, desligados en parte de ése mundo. Sólo en parte, porque todo depende de las migajas de mercado que deja el monopolio, que permiten llegar, al fin y al cabo, a un público muy minoritario. Demasiado minoritario. Ciertas instancias del movimiento cultural de Barcelona, han querido hacerse un hueco dentro de este segundo bloque, el de las migajas de un potencial mercado, llamado alternativo. En la ciudad se ha intentado crear una cultura techno de regusto auténtico, reivindicando las ideas de aquellos primeros visionarios surgidos en Detroit y en algunas ciudades de Europa, como Sheffield, Colonia o Berlin, Tokio o Bombay. Un hueco empero que, con el tiempo, se ha demostrado viciado, ya que a su vez ha tirado del ejemplo de la marca. Falta la estructura, que da cuerpo y entidad a la cultura. La causa de ésta falta de movimiento, es una desmedida sed por acumular dinero. Todo lo relacionado con el techno es, a fin de cuentas, demasiado goloso como para repartirlo en inversiones de verdadera modernidad.

Por mucho que las intenciones iniciales pretendieran “educar al público”. Todo ello ha creado una modernidad basada en las discotecas, en el consumo de moda permanentemente “actual”, en los restaurantes de diseño y en una artificiosidad digna de ser parodiada por los Hermanos Marx. La incitación al consumo, de productos supuestamente alternativos, es lo que da de sí la “cultura techno” oficial. Sin embargo, para el observador social, la modernidad nada tiene que ver con ese carísimo espejismo de felicidad hiperconsumista. Para cualquier sociólogo, o persona sensata, la modernidad es la capacidad de invertir dinero en proyectos que generen cohesión social, creación artística y facilidad de acceso a las técnicas y tecnologías que generen ideas y perspectivas. Una búsqueda de la felicidad auténtica, en suma, a través de la creación.

Techno y política
Se me puede acusar de iluso en querer ver política en el techno. Pero revisando las opiniones de algunos grupos de música electrónica, y los DJ’s más relevantes –los que saldrán en los libros de musicología del futuro-, suelen tener un concepto progresista e inconformista del techno. Coldcut, desde Inglaterra, afirmaron en la desaparecida revista Self (A.Carreras, Núm. 12-13, 1998) lo siguiente: “Nos gusta tomarnos los tiempos difíciles con sentido del humor. La música dance casi nunca tiene contenido, y es muy importante que haya contenido (…). Con Jello Biafra lo que nos pasó es que solíamos usar algunos samples de sus álbumes de poesías. Nos gustaba lo que decía, por lo que le pedimos que nos hiciera un tema. Tuvimos una conversación telefónica muy larga sobre lo que estaba pasando en el Reino Unido, acerca del crimen juvenil, y acerca de cómo el gobierno pretendía criminalizar a toda la juventud. Intercambiamos material (periódicos de aquí y panfletos de partidos políticos) que formaron la base del tema. Luego nos envió sus reflexiones a capella, y nosotros pusimos los beats utilizando el playtime, un software que está en CD-Rom que viene gratis con nuestro disco “Let Us Play”. El contenido lo generan las palabras, pero también los fondos instrumentales, el apasionamiento de los cuales puede ser captados por cualquier oído, pero no escuchados por todo el mundo”.

Pero para algo se inventó la educación y la enseñanza. Una pedagogía del disfrute musical, basado en enseñar a la gente a apreciar los sonidos como actos únicos que raramente se reproducen, es más que una asignatura pendiente; es una necesidad imperiosa para detener el monopolio ideológico que se ejerce a través de la música, cuya finalidad debe ser el enriquecimiento de la persona y no la banalidad en que se ha convertido para la mayoría. El secreto es el siguiente: si la música por sí misma estimula el pensamiento y aflora emotivamente, es que las sensaciones que genera en la mente son vida en sí mismas, algo que obsesiona a muchos grupos electrónicos como Underground Resistance o Fingers Inc, por citar a dos. O eso, o la obsesión por la artificiosidad del negocio del icono, como meta absoluta de la música. Cabe añadir, por ende, que las ideas de Coldcut acerca de la independencia musical, reseñadas en esa misma entrevista, son muy clarificadoras en ése sentido: “montar nuestro sello Ninja Tune fue un acto de supervivencia. Fuimos económicamente independientes cuando empezamos. Pero nos compró un sello, y luego otro. Muchas veces, los sellos no estaban interesados en lo que el artista tenía que decir, y si el artista decidía cambiar de dirección todo se volvía complicado y eso era algo que no queríamos. Por eso fundamos Ninja Tune que, al revés que Mo’Wax, no depende de una discográfica mayor”.

El techno nació con voluntad de romper reglas, en cuanto a sellos, música, distribución y actitud. Hacer de la música un negocio a beneficio exclusivo del artista, propietario de su creación y responsable de la manera en que quiere que ésta llegue a la sociedad. Derrick May, uno de los pocos artistas del mundo que ha afianzado ésta fórmula, lanzaba en 1990 la idea de que el DJ debía ser un “rebelde social”, un caminante solitario en busca de manifestar a través de su música, la protesta y el inconformismo. Entre las brillantes reflexiones del detroitiano resalta una frase: “(el techno) comprende contribuciones mentales y físicas. Aprehende, formula, crea y diseña la Alternativa. ¿Porqué? Porque de lo contrario la redundancia nos absorbería” (contraportada del recopilatorio Relics, TRANSMAT). Apliquen esta frase a la forma en que esta idea del techno ha sido absorbida por otra corriente, ajena a la música, y observen lo que ha producido. Sin embargo, la lección está ahí, para quien quiera entenderla y aplicarla: la promoción pícara y el riesgo musical sacó del ghetto a un buen puñado de DJ’s norteamericanos. Pero ello no habría llegado a ningún puerto si no hubieran creado un pensamiento alternativo, manifestada por una vibrante música capaz de derribar todo muro impuesto, y difundido en forma de radios libres, distribución propia de vinilos, libros, rigurosos reportajes de la BBC. Sin embargo, su punto débil es que han sido muy pocos los que se han lanzado a la aventura de comunicarse musicalmente así. Un punto débil que les ha hecho vulnerables, pasto de veladas en muchas discotecas de moda, ante públicos que no consumen demasiada música.

Barcelona
Barcelona se vanagloria de ser un fortín de lo alternativo, sólo por poseer ciertos locales en los que pinchan DJ’s (del estilo que sea) cada día. La figura estética del DJ es, equivocadamente, sinónimo de modernidad, en esta y en muchas otras ciudades. Pero Barcelona, no aparecen artistas locales capaces de canalizar una fuerza como la que surgió de Detroit, en el terreno de la electrónica y de la modernidad. Y aunque los hubiera, que los hay y muy escondidos, la cosa no está montada para que socialicen su saber ante públicos abiertos de mente. Esto nos lleva a una reflexión: de momento, sólo del desespero surgen las mejores potencias creacionistas de la Humanidad, las únicas que se preocupan por algo más que por el individualismo competitivo y egoísta difundido por la ideología dominante. Y sólo del desespero, la nivel que sea –económico o emotivo- surge la curiosidad musical. También en Barcelona, se ha dejado el techno en manos de unos pocos, cuya capacidad para ganar dinero puede ser envidiable, por lo organizado del asunto, pero que, en realidad, es inversamente proporcional a su capacidad para fomentar información, creación y, en definitiva, progreso. Choca todo ello con la idea predominante de que invertir dinero sin ánimo de lucro no es rentable. Todo un problema –monstruoso- de falta de ética.

La iconografía de la marca ha absorbido grandes eventos barceloneses que, como ejemplos de historia viva de la ciudad que son, no han sabido todavía crear tejidos públicos capaces de presentar una modernidad que implique a la sociedad. Y no lo han hecho, nos tememos, por una incapacidad supina de entender que la inversión de los superávits que generan esos eventos, y las estéticas adyacentes manifestadas en innumerables establecimientos de moda, pueden ser redistribuidos para la reconstrucción del anhelado concepto progresista de la electrónica, y de la música en general. Por muy poco dinero, se podrían crear talleres de música electrónica, fomentar la radio, crear algún que otro programa de TV que vaya más allá de los clichés asociados a la juventud, recomendar sellos, abrir el interés por las tiendas de discos, movilizar a los expertos en la materia y, en definitiva, ofrecer información no sesgada ni dependiente de las tendencias. Con muy poco dinero, se pondrían las bases para un conocimiento de la causa del techno, de las potentísimas posibilidades que ofrece para emitir mensaje e intercambio experiencial. Pero como esto todavía no es así, el conocimiento de las posibilidades históricas de ésta música lo tiene muy poca gente, cuya voluntad por dar a conocerla se resume a determinados y efímeros momentos.

Alguna revista desaparecida, algún concierto recomendado en “petit comité”, alguna noche gratuita dedicada a un artista especial, caso de Mu-zik o DJ/Rupture, o a una velada de sellos tan interesantes como Skam o Rephlex. Pero el tejido divulgativo es muy precario, y sólo las minorías tienen acceso a ellas, dejando la misión educadora a toda una suerte de manipuladores sónicos, cuyas cuentas aumentan sin cesar a través de centenares, miles, de recopilatorios de mákina y discotecas de diverso pelaje con la palabra alienación escrita en la entrada. Las culpas deben repartirse a partes iguales entre muchos. Tan triste reduccionismo, hace que el techno sea sinónimo de macro-discoteca, tanto para sus detractores, que minimizan el titánico salto adelante dado por ésta música en sus múltiples formas de riqueza musical, como para la mayoría de sus seguidores, meros consumidores de “música acelerada y sin alma”. (Derrick May dixit). Pese a que se ha intentado darle la pátina de cultura y modernidad al asunto, lo cierto es que la oportunidad para hacer algo positivo se está escapando. Que nadie se extrañe al ver proliferar con éxito según qué eventos, locales y DJ’s. Eventos que podrían haber tenido un color ético bien diferente, de haberse creado realmente una “cultura techno”.

Preguntas con solución
Qué es mejor: ¿dejar que la juventud no tenga más alternativa cultural que la alienación de la propaganda cegadora, la moda, el consumo y sus discotecas? ¿O invertir en la creación de pequeñas redes de producción musical, sentido artístico y movimiento cultural, aprovechando, de paso, las inherentes capacidades que todo ser humano tiene artísticamente? La cerrazón hace del techno una marca de discoteca, de la ropa que vende ésa discoteca y de las radios que controla ésa discoteca, ligados, al final de la cadena a una ideología determinada. No es de extrañar que, luego, la población de deje convencer por las mentiras nacionalistas y los espejismos económicos. Así, por mucho que anualmente se junten en Barcelona un buen puñado de representantes de la modernidad musical, en un evento que es la envidia de todo festival europeo, no habrá nada sólido si no se toman las medidas necesarias para potenciar la faceta social de esta música. Un festival que, si no revierte ese manido concepto de marca al que apela para llenar recintos, a sabiendas de que a casi nadie sabe lo que está viendo por falta de tejido divulgativo, verá disminuir su reputación de forma espectacular. Afirmar que en el Sonar “15 000 personas asisten a un concierto al que asistirían 15 personas en cualquier otro momento del año” es tejer la propia trampa de asunto. El calibre de todo evento, se mide por su capacidad de crear cultura, y despertar el interés por la música.

Dijo Derrick May en uno de los míticos reportajes sobre el origen del techno en Detroit, que ellos eran “rebeldes negros capaces de cambiar el mundo”. Muchos de ellos surgieron de la pobreza (de la misma precariedad económica proceden, aunque quizás no lo sepan, la mayoría de las personas que llenan las discotecas y festivales españoles). La combinación de una instrumentación barata, la unidad existente entre ellos, a la hora de intercambiar instrumentos e ideas, las efervescentes radios universitarias, y una clara voluntad de trasgresión cultural, con voluntad de huir de la caverna, cimentaron aquél primer e inolvidable techno. Un salto hacia la modernidad. Pero, ¿dónde está esto aquí? ¿Dónde están los músicos electrónicos? ¿Dónde está el arte, los grupos, los discos, la promoción de las propuestas no ligadas única y exclusivamente al fin de semana más publicitado? ¿Dónde está la cultura musical, monopolizada por una élite a la que ni le interesa educar el oído de las personas, ni quiere intentarlo siquiera, no vaya a ser que empiece a disfrutar de la música en sí y rechace el “dejarse ver en el desfile de moda”, concepto éste que da mucho más dinero que vender discos e ideas? ¿Dónde está la reinversión de ese dinero en proyectos realmente alternativos a lo de siempre? Posiblemente se esté gestando en algún punto de la geografía ibérica (¿Andalucía?, ¿La Coruña?, ¿Huesca?). Pero en Barcelona, en un tremendo error histórico, ligado al déficit de una educación social cada vez más precaria, no se ha sido capaz de establecer un verdadero discurso entre la modernidad y la sociedad. La cosa se ha quedado en una mera asistencia pasiva ante una serie de actuaciones de artistas procedentes de lejanos países, que luego tampoco venden demasiados discos.

Un error que se puede subsanar, de todas formas. El secreto está en la reinversión de dineros públicos y privados. Sin embargo, lejos de la realidad económica del mundo, el hip hop de Barcelona está demostrando que desde el underground pueden surgir muchas de las cosas que el techno local no ha sabido crear. Único género verdaderamente popular (de apegado al pueblo) que aprovecha las técnicas electrónicas del techno (sampler, intercambio de información por Internet, contactos internacionales) la gente del hip hop utiliza métodos de creación que aprovechan, muchas veces, los pocos talleres musicales que hay. Un movimiento precario que, antes de que la vorágine de las modas lo dinamite, debería tener más apoyo institucional o municipal, en forma de locales y acceso a la tecnología. Tiene ésta música fundamentos, por lo que no se trataría de construir la casa desde el tejado, como con la experiencia techno.

La cultura de clubs a la que apelan muchos no existe. La neutralidad y el desapego evasivo para con la realidad del momento. Una cultura que sí ha cuajado en otros lugares del mundo como Berlín, a pesar de la banalidad del Love Parade. Personajes como Meira Asher, Rythm And Sound, Alec Empire o Jeff Mills surgen del turbador mundo social alemán. Artistas que se imbuyen del ambiente de su entorno, para tratar de establecer discursos basados en una combinación de experiencia sonora con apego al mundo de las cosas sensibles. Se trata, simplemente, de emitir preocupaciones auténticas, apego a la vida. Poner de relevancia lo que ocurre “aquí y ahora”, sin perder el ojo a lo que sustenta lo que somos históricamente. Y ya que parece que esto aquí no es posible, más que nada porque las consignas oficiales han obligado durante mucho tiempo a que el sentimiento de inferioridad prime entre las personas, alguien debe propiciarlo. Y el único instrumento posible, es revertir el proceso a través de una gran inversión en educación. Sólo así se propiciaría implicación social en la creación y expansión de saberes musicales, o del ámbito que sea.

La educación debe ser lo primero. Porque si seguimos por este camino, no será extraño que al concierto de Octave One, mítica banda de emo-techno de Detroit, sólo acudan 30 personas, en una fría noche de diciembre de 2002. Si la cosa no cambia, el interés por conocer la música desaparecerá para siempre, dejándola al libre albedrío de los sonidos que quieran emitir quienes, desde sus plataformas mediáticas, tienen el poder para propiciar modas no basadas en el interés musical ni en el baratísimo cultivo de los sentidos. La música en manos de meros acumuladores de dinero con un gran poder de difusión ideológica y la potestad de imponer precios subjetivos que objetivamente ahogan a la gente; ésta es lo que genera verdaderamente la moda. A esto es a lo que tendemos, y aunque suene a tópico, esta realidad es tal como la describo. Algunos deberían reflexionar o llevar a consultar con un sicoanalista su concepto de modernidad. Un concepto ligado a la humanidad que significa progresión social y de mentalidades. A los que tienen dinero y se hacen llamar modernos, hay que reclamarles que creen esos elementos educativos y divulgativos. O eso, o contribuir a la destrucción y a la ignorancia de la juventud, por mucho que ésta tenga la oportunidad de visionar un concierto de Merzbow, Tikiman, Carl Craig o Atari Teenage Riot. Sin conocimiento de causa ni efectos posteriores, en cuanto a información y apasionamiento musical, ésos artistas, cuyos potentísimos directos han hecho historia, caen en un penoso saco roto, convirtiéndose en meros fragmentos de memoria olvidadiza.

El poder debe respetar más a la sociedad.

Publicado originalmente en Muzikalia www.muzikalia.com

El mejor camino hacia la indigencia

septiembre 22, 2003 on 8:08 pm | In música electrónica | No Comments

Silvia Grijalba | Ahora mismo, hacer música electrónica en España puede ser una garantía de éxito, una profesión con futuro que todos los padres conservadores (los mismos que hace veinte años les hubieran dicho que estudiaran para notario) recomendarían a sus hijos. Pero también puede convertirse en un billete sin retorno hacia la vida en el underground y la indigencia si uno pretende ganarse la vida con ello.

En la música electrónica española no hay actualmente posiciones intermedias como ocurre en otros países con grupos como Portishead, Air o Death in Vegas. Aquí uno, o es “pastis” y “buenrri”, llena megaestadios de fútbol y hace bailar sin parar a 30.000 bakalaeros o se pasa la vida tocando (con un poco de suerte) por 300 euros un par de veces al año en los clubs más chic de la ciudad o en alguno de esos presuntos festivales de “música avanzada” en los que, los que cobran los cachés fuertes, son los músicos que vienen de fuera. A los nacionales, o se les plantea que deberían dar gracias a los dioses del Logic por tener la suerte de poder tocar en ese festival de prestigio o, siguiendo las normas de la discriminación negativa y tan típica en España, cobran la tercera parte que el disc jockey o músico de electrónica extranjero que, en muchos casos, en su país no es ni la mitad de conocido que ese músico nacional que tiene que conformarse con las migajas (o negarse a tocar, claro).

En cualquier caso, dentro de la música electrónica más generalista hay que advertir que los que cortan el “bakalao” (je) son los disc jockeys, algunos grupos de big beat como Cultura Probase (que ya tenían un éxito enorme en Andalucía antes de publicar disco y ahora están cerca del disco de oro) o los músicos tipo Chambao o Digitano que se dedican a hacer esa música que, en los anuncios de la tele, se empeñan en definir como “chill out” y que no tiene nada que ver con ese estilo dado que, realmente, lo que hacen es new age empalagosa para yuppies de gustos horteras que, de esa forma, rememoran en su casa aquellos instantes ibicencos en los que se creyeron hippies por tres días.

Dentro de ese estilo hay casos como los de Nacho Sotomayor (conocido por sus discos de La Roca), Intro, Silvania, Fred Tassy o Justo Bagüeste, que llevan dominando este estilo desde hace varios años sin un éxito masivo ya que está claro que el aire experimental que requiere este género no es fácil de asimilar por el gran público.

El mundo de la superestrellas de la música electrónica, de esos “pastis” y “buenrri” (Pilluli, Muerto o Walli), merecería un capítulo aparte dedicado a ese estilo endémico de nuestro país que es el bakalao, aunque ahora le llamen “progressive” y cosas mucho más finas. Pero después de estos disc jockeys que dedican su esfuerzo y su técnica (todo hay que decirlo, magnífica, mucho mejor que la de algunos disc jockeys más cool, aunque ahí ya entra la cuestión de si es más importante el virtuosismo vacío o las ideas peor elaboradas…) a la música más comercial, hay otra serie de disc jockeys números uno que, en la mayoría de los casos, también han terminado creando sus propios temas. El gran mito de esta escudería de djs “cabeza de cartel” es Oscar Mulero, un artista que tiene todos los requisitos para convertirse en una estrella (es decir, además de una indudable capacidad artística, dominio escénico y físico perfecto para convertirse en estrella electrónica, a medio camino entre Johnny Deep y Keanu Reeves) y que puede considerarse el top (desde hace varios años), junto Angel Molina, de la escena electrónica menos experimental. Monica de La Real, Yke y Elesbaan son otros de los djs imprescindibles para componer un cartel que atraiga a un buen puñado de público.

En cualquier caso, el big beat, y cualquier combinación de la electrónica con otros estilos, es lo que más seguidores tiene en nuestro país: desde los mencionados Cultura Probase a Telephunken pasando por intentos de trip hop como el de Najwa Nimri (previamente unida a Carlos Jean, al que algunos consideran el gran gurú de la electrónica española aunque realmente es un productor efectista que maneja bien el ordenador) y Supercinexcene, Fangoria o todas las ondas electroclash (tipo Ciëlo o L Kan, que son los más destacables) que, poco a poco, van surgiendo en un país que ha recibido tarde este estilo, sin duda, por otro lado, el más revitalizante que ha vivido el panorama electrónico español en años.

Y es que en España, la cuna del balearic beat, del bakalao y tantos estilos que después se han popularizado fuera de nuestras fronteras, hay una especie de reticencia a respetar a los artistas españoles. El propio José Padilla, el artífice de los (dudosos y bastante empalagosos) recopilatorios de “Café del Mar”, ese hombre al que pagan millones por ambientar las fiestas más chic de todo el universo, vendió alrededor de dos o tres copias de su propio disco (el que compuso él mismo) en España. El propio Chimo Bayo, que llegó a los números uno de las listas de Japón y nos dejó esa pieza fundamental del choni techno que rezaba “ésta sí, ésta no, ésta me gusta me la como yo”, no se ha comido una rosca en España. E, incluso, los Rebeldes sin Pausa (que, como grupo, parecía que iban a llegar lejísimos en los años 80) se han quedado en disc jockeys de cierto prestigio (Pedro del Moral) y/o productores, aunque, como músicos… nada.

Una pregunta que pocos se hacen, y que es bastante evidente, es: ¿por qué, excepto en el caso de José Padilla, el 100% de los DJs que ambientan Ibiza en verano son extranjeros? ¿Es que no tenemos aquí buenos disc jockeys? ¿Es culpa de los propios empresarios españoles? ¿Será que los guiris quieren ver en su lugar de vacaciones lo mismo que en su país? ¿Seguimos teniendo la lacra landista de que todo lo extranjero (no sólo los cuerpos de las suecas) es mejor? Reflexionemos unos segundos sobre el tema y, mientras tanto, una vez abordado el asunto de la electrónica más comercial, pasemos a bucear en el underground donde, de verdad, se mueven las últimas tendencias de la electrónica hispana. Que no sólo de house (donde, excepto Tony Rox, tengo que reconocer que no he visto a ningún disc jockey que merezca ser mencionado) y de bakalao vive el technokid.

Pues bien: en teoría, teniendo en cuenta la cantidad de festivales de electrónica y de macro raves que hay en España (especialmente en verano), los músicos de este estilo deberían poder vivir dignamente de esto. Pero no. Por una parte, por ese asunto explicado anteriormente de los cachés de los grupos nacionales; y, por otro, porque en el underground (y si hablamos de electrónica más aún), el amiguismo y los grupitos son una norma. Si uno atiende a la programación de determinados festivales o encuentros de música avanzada, de vanguardia, experimental o como se le quiera llamar no hay más que observar quién toca para saber quién es el programador. Queda muy bonito apoyar a los amigos, pero hay ocasiones en las que el amiguismo interfiere en la calidad del encuentro/rave/festival y nos encontramos con casos en los que un mismo artista actúa en una ciudad cuatro veces en el plazo de tres meses (¡con la cantidad de músicos avanzados, experimentales y de vanguardia magníficos que están deseando tocar!). ¿La culpa? Pues, en gran medida, de las grandes instituciones (oficiales o no) que financian estos eventos de vanguardia, cuyos gestores no tienen la menor idea de a quién están contratando ni saben si hace tres o cuatro meses algunos de esos artistas (extranjeros, de los que cuesta un pastón traer) han tocado en algún club de la misma ciudad o en algún festival que, se supone, es la competencia. En muchas ocasiones, el hecho de jugar con artistas poco conocidos tiene sus ventajas: a nadie se le ocurriría traer dos veces en tres meses a Radiohead a Madrid y, en cambio, con algún tipo alemán poco conocido puede ocurrir.

En cualquier caso, los grupos siguen sobreviviendo, y algunos con un potencial indudable. De entre los artistas emergentes que darán que hablar podría destacarse a Coeval, Groove, Games Adicction o Proyecto Mirage (con más éxito en Alemania que aquí). Herederos, estos últimos, de artistas como Esplendor Geométrico (aún en activo, con disco recién publicado y con grupo paralelo creado por Saverio Evangelista bajo el nombre de Most Significant Beat) o, en el caso de Games Adicction, del espíritu de Víctor Nubla (de hecho ha estado haciendo “prácticas” como becario del festival LEM de Barcelona que él organiza), componen un nuevo panorama que sigue teniendo el espíritu independiente y underground de los pioneros de este género en España, bandas como Clónicos (Markus Breuss y Bagüeste siguen activo), Comando Bruno, Mecánica Popular, Diseño Corbussier, el más joven Big Toxic (remezclador oficial y ahora metido también vídeo jockey) o los mismos Aviador Dro, que siguen lanzando sus proclamas mutantes y mantienen actividad imparable. Todos ellos graban para discográficas independientes que tienen una red de distribución propia (en el caso de la discográfica Geometrik gracias a la venta por correo) y muy específica. Steroskope-Maldoror (centrada en la mezcla entre lo electrónico y lo gótico), Satélite K o Foehn (más cercana al post rock) son algunas de las discográficas que se centran en ese tipo de sonido, mientras que Blanco y Negro y Vale Music se encargan de los recopilatorios más horteras y de los remixes del chunda chunda.

Publicado originalmente en la revista Todas las Novedades de Mes. Número especial «La música electrónica española», septiembre 2003. Reproducido en Resonancias/Ccäpitlaia por cortesia de la autora y Todas las Novedades www.todaslasnovedades.net

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